mar. Ene 27th, 2026
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Springsteen: Música de ninguna parte (Deliver Me From Nowhere, 2025) intenta capturar el Big Bang emocional que dio origen a Nebraska, el álbum más crudo de Bruce Springsteen. Sin embargo, lo que pudo ser un estudio introspectivo sobre la depresión y la creación termina tropezando con los vicios más previsibles del género.

​El mito del hombre común

Si Bob Dylan es el enigma inalcanzable de la cultura estadounidense —ese espectro que James Mangold explora en A Complete Unknown—, Bruce Springsteen es su reverso exacto: el tipo de los jeans desgastados, la campera de cuero y el alma obrera. La película de Scott Cooper se aferra a esta imagen de “buen vecino” atormentado para trasladarnos a 1982.

Tras el frenesí del éxito masivo, encontramos a un Springsteen que, lejos de celebrar, se refugia en una habitación de Nueva Jersey. Allí, armado solo con una libreta de notas y una grabadora de cuatro pistas, inicia un exorcismo personal para purgar los traumas de su infancia. El resultado fue Nebraska, un disco de folk espectral que, paradójicamente, brilla por su falta de pulido.

​La trampa de los lugares comunes

A pesar de la potencia del material original, el director y guionista Scott Cooper (Crazy Heart) se apoya en exceso en el manual de “biopic para principiantes”. Los conflictos se sienten esquemáticos:

  • El trauma familiar: La relación fracturada con su padre (un solvente Stephen Graham) se presenta a través de flashbacks en blanco y negro, un recurso visual ya agotado en el cine biográfico.
  • La red de contención: Aunque figuras como Jon Landau (Jeremy Strong) y su asistente Mike (Paul Walter Hauser) aportan textura, sus subtramas palidecen frente al peso de la narrativa central.
  • El cliché del genio: La película insiste en la idea romántica del artista que solo puede crear desde el abismo, una noción que a ratos bordea el melodrama lacrimógeno.

​”La película se sostiene principalmente gracias a las actuaciones, que logran mitigar un guion que por momentos se siente demasiado cómodo en el terreno de lo conocido.”

El factor Jeremy Allen White

Si la cinta logra salir a flote y evitar el naufragio de la mediocridad, es exclusivamente gracias a Jeremy Allen White. El protagonista de The Bear se despoja de la intensidad eléctrica de la cocina para enfundarse en la melancolía del músico.

White no busca la imitación barata; busca la vulnerabilidad. Con una mirada cargada de una tristeza bonachona y un encanto natural, logra que compremos al “poeta del asfalto”. Es su interpretación la que inyecta humanidad a los clichés y la que, finalmente, nos convence de que bajo esa camisa a cuadros late el corazón de un hombre que solo intentaba sobrevivir a sus propios fantasmas.

En definitiva, Música de ninguna parte es una película correcta que no está a la altura de la ruptura que significó el álbum que intenta homenajear, pero que se deja ver como un vehículo de lucimiento para un actor en estado de gracia. La película está disponible en Disney Plus.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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