Con la muerte del maestro húngaro a los 70 años, desaparece una mirada radical que transformó la desolación y la espera en una forma de belleza metafísica.
Béla Tarr, el cineasta que obligó al mundo a mirar la lluvia, el barro y el paso del tiempo con una paciencia casi religiosa, falleció este lunes en un hospital de Budapest. Tenía 70 años. Su hijastra, Reka Gaborjani, confirmó el deceso tras una batalla contra enfermedades “prolongadas y graves”, cerrando así uno de los capítulos más singulares de la cinematografía contemporánea.

Tarr no solo hacía películas; construía monumentos monocromáticos a la condición humana. A través de tomas largas que parecían desafiar las leyes del montaje moderno, obras como Sátántangó (1994) y Las armonías de Werckmeister (2000) lo elevaron al panteón de los visionarios, convirtiéndolo en una figura de culto para la crítica y un pilar inamovible de los festivales internacionales.
Del realismo social a la metafísica
Nacido en Pécs en 1955, bajo el rigor del régimen comunista, Tarr comenzó su idilio con la cámara a los 16 años mientras trabajaba en astilleros y recepciones. Lo que empezó como un ejercicio de realismo social en su debut Nido familiar (1979), evolucionó hacia un estilo hipnótico y sombrío, definido por coreografías de cámara de una precisión milimétrica.

En este viaje estético fue fundamental la presencia de Ágnes Hranitzky, su pareja y colaboradora desde 1978, quien desde la sala de montaje ayudó a esculpir el ritmo vital de sus imágenes.
“Había algo antiguo y atemporal en sus películas”, escribió el crítico A.O. Scott en 2012. Tarr no era un director de su tiempo; era, en palabras de Scott, “un tallador de piedra medieval que, por azar, puso sus manos sobre una cámara”.
La belleza de la desolación
Su obra cumbre, Sátántangó, de más de siete horas de duración, permanece como un desafío al espectador contemporáneo. En ella, Tarr exploró la decadencia de una aldea húngara seducida por un falso mesías, demostrando —como señaló Manohla Dargis— una capacidad inaudita para “encontrar belleza en cada rincón miserable y mundano”.

Esa Hungría rural, fría y desolada de la Gran Llanura, fue el lienzo donde Tarr proyectó sus preocupaciones existenciales y políticas. No fue un camino exento de fricciones: en los años 80, sufrió la censura directa cuando el gobierno clausuró el estudio independiente que dirigía con otros cineastas experimentales.
Un vacío irreparable
La noticia de su partida ha resonado profundamente en la comunidad intelectual. El escritor László Krasznahorkai, colaborador habitual de Tarr, lo despidió con palabras que resumen su carácter indómito:

“Fue uno de los más grandes artistas de nuestro tiempo. Imparable, brutal, inquebrantable. Cuando el arte pierde a un creador tan radical, el mundo parece que será terriblemente aburrido por un tiempo. ¿Quién será el próximo rebelde? ¿Quién dará un paso al frente?”
Con la partida de Béla Tarr, el cine pierde no solo a un director, sino a un filósofo de la imagen que entendió que, a veces, la verdad solo se revela cuando dejamos que la cámara siga rodando mucho después de que los demás han gritado “corte”.

