En 1820, el océano Pacífico fue testigo de un evento que desafió la lógica de la época: un cachalote colosal de 26 metros embistió y hundió al Essex, un robusto ballenero estadounidense. De los 21 hombres que iniciaron la expedición, solo ocho sobrevivieron para contar una odisea de naufragio y desesperación.

Años más tarde, un joven Herman Melville escuchó los ecos de esta catástrofe mientras servía a bordo del Acushnet. Aquella semilla de terror y asombro germinaría en 1851 bajo el título original de “La ballena”; sin embargo, el debut literario fue un fracaso comercial que pasó desapercibido para la crítica.
El bautismo de una leyenda
Buscando mayor impacto, los editores sugirieron un cambio radical. La inspiración definitiva llegó desde las costas de Chile, donde los marineros temían a Mocha Dick, una legendaria ballena albina que patrullaba las aguas del Pacífico Sur.

Melville aceptó la propuesta, pero decidió darle un toque personal y críptico al nombre. Fusionó la identidad del leviatán chileno con el apodo de su íntimo amigo, Tobias “Toby” Green. Así nació Moby Dick, un nombre que no solo rescató la novela del olvido, sino que redefinió para siempre nuestra relación —y nuestro miedo— hacia los gigantes del mar.

