En 1959, un desmayo rutinario terminó en una sentencia de muerte para Anthony Burgess. El diagnóstico fue fulminante: un tumor cerebral inoperable y un pronóstico de vida de apenas un año. Lejos de sucumbir a la parálisis, el autor británico convirtió la desesperación en combustible literario, lanzándose a una carrera frenética para asegurar el futuro financiero de su esposa, Lynne.

En aquel “año final”, Burgess alcanzó una productividad febril, completando cinco novelas y media. Entre esos manuscritos urgentes se encontraba su obra más icónica, La naranja mecánica, redactada en apenas tres semanas.

Entre el argot y la tragedia personal
El título, que hoy resuena en la cultura popular, nació de las calles. Burgess se inspiró en la expresión cockney (el argot londinense) “as queer as a clockwork orange”: algo tan extraño o artificial como una naranja de relojería.

Sin embargo, detrás del experimento lingüístico y la ultraviolencia de la ficción, latía un trauma real. La trama se cimentó sobre una herida abierta en la memoria del autor: en 1944, durante los apagones de la Segunda Guerra Mundial en Londres, Lynne fue víctima de un brutal asalto y violación por parte de cuatro soldados estadounidenses, un suceso que marcó para siempre la visión del mundo de Burgess.

El error médico más prolífico de la historia
La ironía final superó a la ficción. El diagnóstico que debía haber acabado con su vida resultó ser un error garrafal. Anthony Burgess no solo sobrevivió a aquel año fatídico, sino que produjo más de 50 libros y vivió tres décadas adicionales. Falleció 34 años después de su “sentencia”, habiendo sobrevivido 25 años a la propia Lynne, la mujer por quien decidió empezar a escribir como si el tiempo se le acabara.

