Buenos Aires, octubre de 1967. El aula de Literatura Inglesa en la Universidad de Buenos Aires era, como de costumbre, un refugio de métrica y sajón antiguo. Jorge Luis Borges dictaba su cátedra cuando la historia —esa entidad ruidosa que el escritor siempre prefirió ignorar— golpeó la puerta.

Un estudiante irrumpió con el pulso acelerado: Ernesto “Che” Guevara había muerto en Bolivia. La orden era tajante: duelo nacional y cese inmediato de actividades. Sin embargo, Borges, inamovible tras su escritorio, sugirió que el homenaje bien podía esperar a que terminara la clase.
—Tiene que ser ahora mismo y usted se va —sentenció el joven, apelando a la fuerza de la urgencia política.

Borges, con esa ironía que era su armadura más afilada, retó al intruso: —No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio.
Ante la amenaza del estudiante de cortar la luz para forzar el desalojo, el autor de El Aleph regaló una respuesta que hoy es leyenda: —He tomado la precaución de ser ciego esperando este momento.

