Por siglos, la silueta de Peter Pan ha simbolizado la libertad y la infancia eterna. Sin embargo, tras la pluma de J.M. Barrie no se escondía la magia, sino un rastro de traumas infantiles, muertes prematuras y una obsesión que rozaba lo patológico.
El niño que se detuvo en el tiempo
La historia de Peter Pan no comenzó en el País de Nunca Jamás, sino en una casa gélida de Escocia. James Matthew Barrie, un hombre que apenas alcanzó el metro con 47 centímetros de estatura, padecía lo que hoy se conoce como enanismo psicógeno: su cuerpo dejó de crecer debido a un trauma emocional extremo.

A los cinco años, el mundo de James se fracturó cuando su hermano mayor, David —el favorito de su madre—, murió en un accidente de patinaje. En un intento desesperado por llenar el vacío, James comenzó a usar las ropas de su hermano y a imitar sus gestos para consolar a una madre que se negaba a aceptar la pérdida. En ese instante, James comprendió una verdad terrible: para ser amado, debía seguir siendo un niño para siempre.
El encuentro con los Llewelyn Davies
En 1897, mientras paseaba por los jardines de Kensington, un Barrie de 37 años conoció a los hermanos Llewelyn Davies. Aquel encuentro marcaría el inicio de una relación tan estrecha como controvertida. Tras la muerte de los padres de los niños, Arthur y Sylvia, Barrie asumió la carga económica y terminó adoptando a los cinco hermanos: George, Jack, Peter, Michael y Nicholas.
Ellos fueron sus musas, pero también los prisioneros de su narrativa. En los juegos compartidos con ellos nacieron las anécdotas que darían forma a la novela. Pero el Peter Pan literario era mucho más inquietante que el de las películas: era un ser que odiaba a los adultos y que veía el crecimiento como una traición.

¿Un héroe o un verdugo?
En la obra original, la atmósfera es asfixiante. Un pasaje a menudo ignorado por las adaptaciones infantiles sugiere un destino sangriento para los Niños Perdidos:
“Los chicos de la isla varían en número, según van muriendo… Cuando parece que están creciendo, lo cual va contra las reglas, Peter se deshace de ellos”.
Esta faceta de “limpiador” de niños subraya la naturaleza psicótica del personaje: la muerte era preferible a la madurez.
El debate moral y el “legado maldito”
La sombra de la pedofilia siempre ha sobrevolado la biografía de Barrie. Aunque no existen pruebas documentales de abusos físicos y los propios hermanos siempre lo defendieron, los biógrafos modernos describen su afecto como una “obsesión asexual” pero devoradora, que buscaba capturar la esencia de la niñez a cualquier costo.

El destino de los “Niños Perdidos” reales fue, irónicamente, tan trágico como la ficción:
- George: Murió en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.
- Michael: Se ahogó en lo que muchos sospechan fue un pacto de suicidio.
- Peter: El joven que dio nombre al protagonista, nunca pudo escapar de la sombra del personaje. Tras una vida atormentada, se suicidó lanzándose a las vías del metro en 1960.
Antes de morir, Peter calificó a la obra de Barrie como “esa terrible obra maestra”, el recordatorio perpetuo de una infancia que les fue arrebatada para alimentar una leyenda de papel.

