En el marco del Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, les menciono que estudios internacionales muestran que entre 28% y 72% de las personas privadas de libertad viven depresión, y que entre 56% y 80% de sus familiares presentan ansiedad, insomnio, angustia y tristeza intensa. No es solo “estar triste”, es sentir culpa por no poder ayudar, miedo por lo que pasa adentro y vergüenza por lo que se dice afuera.
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Día Internacional de los Presos por La Paz
Hoy hay alrededor de 11.5 millones de personas presas en el mundo, y detrás de ellas más de 46 millones de familiares que cargan con estigma, pobreza, miedo y tristeza profunda por la separación forzada que genera la cárcel. Solo en México, con más de 256,000 personas en prisión, se calcula que más de un millón de familiares viven este dolor todos los días.
Cuando una persona entra a prisión, no entra sola: entra toda la familia con ella. Madres que hacen filas interminables para visitar, hijos que crecen sin uno de sus padres, parejas que sienten vergüenza cuando en la colonia se enteran de que alguien está preso.
El estigma también los encierra. Como explica el sociólogo Erving Goffman, el estigma “salpica” a quienes están cerca de la persona señalada: en este caso, las familias de los presos. Se les mira como si fueran culpables, se les cierra la puerta en el trabajo, en la escuela, en la comunidad. Son víctimas secundarias del sistema penal y, muchas veces, también de una sociedad que prefiere señalar antes que comprender.
La depresión puede llegar a su expresión más extrema: el suicidio. En las prisiones del mundo, las tasas de suicidio son varias veces más altas que en la población general, y cada muerte deja una estela de dolor en las familias. Para una madre, un hijo o una pareja, enterarse de que su ser querido se quitó la vida en prisión significa cargar con preguntas que rompen el alma: “¿Pude hacer algo más?”, “¿Por qué no lo vi venir?”. Algunas de estas personas terminan también en depresión profunda e incluso con ideas suicidas.
Por eso, el 13 de enero Día Mundial contra la Depresión, hablar de salud mental también es hablar de cárceles y de familias que sufren en silencio. Se requieren servicios de atención psicológica gratuitos para familias de personas privadas de la libertad, visitas más humanas que reduzcan el aislamiento, personal penitenciario capacitado para detectar el riesgo suicida y campañas que dejen claro que la familia no es culpable del delito. La justicia restaurativa propone justamente eso: no romper más los lazos, sino repararlos y acompañar a las personas y a sus entornos.
La depresión no se va solo con pastillas cuando su raíz está en la injusticia, el hacinamiento y el abandono. Se combate transformando sistemas, humanizando instituciones y mirando de frente a quienes hemos dejado afuera del relato: las familias de los presos. En México y en el mundo, reconocer su dolor y darles apoyo no es un gesto de caridad, es una obligación ética y una apuesta por una sociedad más justa.

