sáb. Ago 30th, 2025
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Uno de los hallazgos más revolucionarios de la física moderna es que el tiempo transcurre a velocidades diferentes según el observador. El dato también vale como metáfora que aplica incluso en una época en que la tecnología ha enlazado de forma instantánea vidas y destinos entre las más remotas regiones del orbe, como en la actual. Pero el pasado conserva su peso, y es a fin de cuentas la condición particular de cada región urbana o rural. La velocidad a la que Guadalajara aumenta su repertorio en la llamada música clásica ha sido lenta, pero en estos tiempos, la gestión del español José Luis Castillo al frente de la Orquesta Filarmónica de Jalisco, trata de colmar la brecha con las grandes metrópolis, no digamos europeas o estadounidenses, sino incluso latinoamericanas, como Buenos Ares, Santiago, Río, Bogotá o ciudad de México. El programa ejecutado los pasados 3 y 6 de julio en el teatro Degollado ilustra perfectamente el punto, con cuatro obras que jamás se habían escuchado en el recinto. Que una de esas sea la famosa obertura de la ópera Beatriz y Benedicto, del francés Héctor Berlioz, compuesta entre 1860 y 1862, hace ya 123 años, ilustra a la perfección el provincianismo de una ciudad que se quedó atrás, en la periferia de occidente, pero el anverso de este relato es el margen de oportunidad que ofrecen estas ausencias multiplicadas.

[Aprovecho la oportunidad: ¿algún día tendremos la ópera completa o es pedir demasiado, dado que tenemos ya más de tres décadas sin temporadas de representaciones de dramas musicales en la ciudad, y de forma aislada, apenas se ha escenificado una -Orlando, de Händel, en noviembre de 2023, con música ejecutada por la gran orquesta de cámara Higinio Ruvalcaba, de la UdeG- en la década en curso? (lo de la transmisión en vivo de la temporada del MET de Nueva York ha que nos ha acostumbrado Cultura UdeG no cuenta como propia de la ciudad, aunque se trate de un espectáculo absolutamente memorable…].

Luego vinieron dos obras de sendos compositores suizos, ilustres desconocidos para nuestro gran público, dicho sin asomo de ironía (pues más bien eso habla mal de nosotros, y no de ellos): de René Gerber se ejecutó Le Moulin de la Galette y de Caroline Charrière, Naissances (Nacimientos). No está de más subrayar que son estrenos para la ciudad, pero además, para todo México (lo que ilustra bien la orfandad musical de un país cuya cultura se construye con los ladrillos persistentes de algunas cuantas voluntades comprometidas en medio de un mar de indiferencia política y social). Sin duda influyó que el director invitado para estas ejecuciones fuera el suizo Emmanuel Siffert, quien actualmente es director titular de la Orquesta de Cámara de Chilen y director principal Invitado de la Orquesta Sinfónica Nacional de Argentina, pero apenas un par de años atrás pasó por la Sinfónica de Aguascalientes.

Las obras suizas, con temas que separan acusadamente a una de la otra, sirven de alegoría para el famoso lugar común de la neutralidad suiza, pues evidencia influencias de las grandes escuelas europeas vecinas, empezando por la misma Francia, con ecos de Debussy y Ravel, la Alemania de Richard Strauss, la Italia de Otorino Respighi, pero también (notablemente en Nacimiento) una irresistible referencia de Tapiola, del finlandés Jean Sibelius, o de la Noche en la árida montaña del gran genio ruso Modesto Mussorgsky.

Al final regresamos a Francia con Medea, uno de los personajes más potentes y delirantes de la dramaturgia de Eurípides, pero que en manos del admirable artesano Vincent D´Indy se llega a una suite en cinco partes que apenas es un plácido estudio de melodías apacibles, románticas y con ribetes místicos muy wagnerianos. Parece que son pasajes de la vida luminosa de la esposa de Jasón, el héroe de Los Argonautas. El horroroso final, la vida oscura y crepuscular de la asesina de sus hijos, solo lo puede reclamar un lector avezado en la tragedia griega o un aficionado a la famosa ópera de Cherubini.


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