lun. Ene 12th, 2026
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En 1895, el hombre más brillante de Londres pasó de los aplausos en el West End a la miseria de una celda. Esta es la crónica de cómo la soberbia y un amor prohibido destruyeron al genio de la estética victoriana.

​La cima y el precipicio

En el apogeo de su gloria, Oscar Wilde era intocable. El autor de El retrato de Dorian Gray dominaba la escena cultural británica con una ironía afilada y un éxito comercial sin precedentes. Aunque casado y padre de dos hijos, Wilde habitaba un “submundo” de amantes masculinos que la rígida sociedad victoriana prefería ignorar, siempre y cuando se mantuviera bajo el manto de la discreción.

Sin embargo, el equilibrio se rompió cuando el temperamento del escritor chocó con la furia del Marqués de Queensberry. El aristócrata, indignado por la relación de Wilde con su hijo, Lord Alfred Douglas, dejó una nota insultante en el club del autor: “Para Oscar Wilde, aquel que presume de somdomita (sic)”.

​El error de un dandy

Empujado por el orgullo y la insistencia del joven Douglas, Wilde cometió un error fatal: demandó al Marqués por difamación. Lo que comenzó como una defensa de su honor se convirtió rápidamente en un bumerán legal. Durante el proceso, la defensa de Queensberry desplegó un arsenal de pruebas que transformaron al demandante en acusado. Contrataron detectives y compraron el testimonio de una decena de jóvenes que relataron, con lujo de detalles, los encuentros íntimos con el escritor.

​Wilde, confiado en su legendaria oratoria, intentó convertir el estrado en un escenario teatral. Sus respuestas ingeniosas y sus discursos sobre “el amor que no se atreve a decir su nombre” cautivaron a la audiencia, pero no fueron suficientes para los hombres de leyes.

​El veredicto de Reading

El drama se dividió en dos actos. En el primer juicio, el ingenio de Wilde logró dividir al jurado, resultando en una falta de acuerdo. Pero la justicia británica, decidida a dar un castigo ejemplar, forzó una segunda vuelta. Esta vez, el veredicto fue implacable: culpable de “grave indecencia”.

​El juez impuso la pena máxima: dos años de trabajos forzados. El hombre que vestía sedas y terciopelos terminó rompiendo piedras y caminando en círculos en la prisión de Reading.

​De la gloria al silencio

El encierro fue devastador. Su salud se quebró, su reputación fue borrada y su fortuna se disipó. Tras ser trasladado a una prisión de condiciones menos severas por su precario estado, Wilde cambió la sátira por la introspección. Allí nació De Profundis, una extensa y dolorosa carta dirigida a Lord Alfred Douglas que oscila entre el reproche y la revelación espiritual.

Oscar Wilde salió de prisión en 1897 como un hombre roto. Murió tres años después en París, en la indigencia, demostrando que la misma sociedad que lo coronó como su rey no dudó en devorarlo cuando decidió vivir bajo sus propias reglas.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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