vie. Ene 16th, 2026
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Entre el mito prehispánico y el terror rural, la leyenda de estas “sahumadoras luminosas” persiste en la memoria colectiva. No son solo brujas; son depredadoras territoriales que, según la creencia popular, se alimentan de la vida de los más vulnerables.

​El origen de la “Luz que ahúma”

En el México profundo, la frase “se lo chupó la bruja” no es solo un dicho, sino el eco de un temor ancestral. Mientras que en Europa el vampirismo se viste de capas y castillos, en el estado de Tlaxcala toma la forma de las Tlahuelpuchis. Su nombre, de origen náhuatl, significa “sahumador luminoso”, una referencia directa a la neblina fétida y los destellos que anuncian su presencia en la oscuridad del campo.

​A diferencia de las brujas convencionales, estas criaturas hunden sus raíces en el México prehispánico. Originalmente descritas como una variante del nahual, poseen la capacidad de transmutar su forma humana en animal, un “don” otorgado por los dioses que, para muchas, se convierte en una condena de sangre.

​La pubertad: El despertar del poder

​El destino de una Tlahuelpuchi no se elige, se manifiesta. Según la tradición oral, el poder se activa durante la pubertad, vinculado estrechamente a la primera menstruación. Es en ese momento cuando la joven entra en contacto con su naturaleza sobrenatural. Con el tiempo y la práctica, aprenden a dominar la técnica de la desarticulación: rituales donde se desprenden de sus extremidades para elevarse en el aire, rodeadas por un aura fluorescente que los campesinos aseguran haber visto cruzar los cerros.

​Depredadoras solitarias y territoriales

A diferencia de los aquelarres europeos, las Tlahuelpuchis son profundamente asociales y agresivas entre sí. Aunque pueden reconocerse en su forma humana, respetan estrictamente sus territorios de caza. Solo la amenaza de un peligro común las obliga a colaborar. Su código ético es retorcido: jamás atacan a su propia familia, a menos que un pariente traicione su secreto. En ese caso, la protección de la sangre se rompe con violencia.

​El ritual del fogón y el acecho

​Para lograr su transformación, la Tlahuelpuchi ejecuta un ritual preciso en el fogón de su hogar. Utiliza madera de capulín, raíces de agave y zoapatle (una planta medicinal vinculada históricamente a la salud reproductiva femenina). Tras caminar sobre el fuego en cruz, su cuerpo se desprende de la materia terrenal para acechar a sus víctimas favoritas: los recién nacidos.

​Su método de caza combina el sigilo y la hipnosis:

  • Vaho fétido: Rocían un aliento narcótico sobre los padres para asegurar un sueño imperturbable.
  • Infiltración: Pueden entrar por las rendijas de las puertas convertidas en neblina.
  • La marca: El ataque deja huellas físicas: pequeños moretones en el pecho y cuello del infante, signos silenciosos de una vida que fue drenada.

​Blindaje contra el mal: Ajos, espejos y acero

​El miedo ha generado sus propios mecanismos de defensa. Las comunidades tlaxcaltecas mantienen vigentes diversos rituales de protección. Se cree que las Tlahuelpuchis detestan el metal; por ello, es común encontrar tijeras abiertas o alfileres bajo las cunas. Otros prefieren el uso de espejos para reflejar su maldad, o el método más tradicional: envolver dientes de ajo en una tortilla colocada sobre el pecho del bebé.

Un mito que se niega a morir

Aunque la modernidad avanza, el estigma de la Tlahuelpuchi permanece. El poder de estas mujeres es intransferible; no se hereda, pero existe una advertencia fatal: quien asesina a una de estas criaturas está condenado a heredar su sed y convertirse en lo que juró destruir.

La última ejecución documentada por juicio popular ocurrió en Tlaxcala en 1973. Aquel evento recordó al mundo que, en los rincones donde el frío y la lluvia azotan las milpas, el miedo a la “mujer-vampiro” no es un cuento del pasado, sino una sombra que sigue proyectándose sobre las cunas del presente.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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