Ni biopic tradicional, ni lección de historia. La ópera prima de Rich Peppiatt en Max es un estallido de humor negro, sustancias y resistencia cultural que utiliza el hip hop como última trinchera para salvar el idioma irlandés.
Rich Peppiatt ha decidido que el molde del biopic musical está muerto. En su debut en la ficción, el director británico ignora la fórmula desgastada del “ascenso y caída” para lanzarse de cabeza al universo de Kneecap, el trío de rap norirlandés que está incomodando a las instituciones y electrizando a las audiencias.

Una ficción más real que la realidad
Kneecap no es solo el nombre de la banda; es un manifiesto audiovisual. La película, disponible en HBO Max, se presenta como una comedia frenética que no pide permiso ni perdón. La premisa es tan caótica como su sonido: JJ, un profesor de música con una vida gris, cruza caminos con Liam Óg, un joven marginal que se niega a hablar inglés ante la policía como acto de rebeldía lingüística.
Lo que sigue es un ascenso meteórico. Bajo la tutela de JJ, Liam y su amigo Naoise transforman sus rimas en irlandés en un arma de combate cultural. En un contexto donde la Ley de Identidad y Lengua es el centro de la disputa, el grupo se convierte —casi por accidente— en el estandarte de una lengua que muchos daban por moribunda.

El elenco: Los culpables se interpretan a sí mismos
El mayor acierto de Peppiatt es un recurso de alto riesgo: convocar a los verdaderos protagonistas (Naoise Ó Cairealláin, Liam Óg Ó Hannaidh y JJ Ó Dochartaigh) para que se interpreten a sí mismos. El resultado es una autenticidad cruda que difumina la frontera entre el documental y el delirio.
La cinta se apoya en una estética visual desbordada en secuencias intervenidas y un montaje fragmentado. Es imposible no ver los destellos de Trainspotting de Danny Boyle en su ritmo y sus texturas. Pero Kneecap encuentra su esencia en la sátira sin filtros, no hay pedagogía ni intentos de suavizar la tensión política de Irlanda del Norte.

La marginalidad como trinchera
A diferencia de otros relatos que buscan la redención de sus personajes, Kneecap los expone en su faceta más contradictoria. No son héroes, son supervivientes. Se muestran sus excesos, sus errores y su desprecio por cualquier forma de autoridad, desde la policía hasta la militancia más rígida.
La película logra algo difícil, evitar la “folclorización” del idioma. Aquí el irlandés no es una reliquia de museo, sino un organismo vivo que respira a través del trap y el hip-hop. La marginalidad deja de ser una marca de exclusión para convertirse en una herramienta que desarma clichés y reclama el espacio público.

En definitiva Kneecap es una experiencia audiovisual ácida y necesaria. Es la prueba de que se puede hacer cine político sin ser aburrido y cine musical sin ser complaciente. Esta joya está disponible en HBO Max.

