El actor se luce en un exquisito biopic donde la genialidad y el declive se cruzan en una noche memorable para Broadway.
Hollywood siempre se ha aferrado a las estrellas para vender sus producciones; figuras moldeables que sostienen la taquilla mientras mantengan un magnetismo comercial. Ethan Hawke, sin embargo, siempre ha sido un rara avis. Innegablemente dueño de ese carisma, su arquetipo rehúto lo popular para abrazar lo refinado, lo intelectual y un inconformismo crónico sediento de validación artística.

Esa actitud encajó a la perfección cuando el desencanto de la Generación X logró filtrarse en el mainstream. Hawke encapsuló esa apatía y la volvió atractiva. Con los años, el actor persiguió a directores de culto, alejados de las masas, buscando el lado más estimulante de la interpretación. Hoy, cuando la película media estadounidense parece en peligro de extinción y ese cine autoral queda relegado al nicho, Hawke se reencuentra con su socio histórico más brillante: Richard Linklater.
Lejos del desaliento, la dupla vuelve a encender la chispa de su complicidad en Blue Moon. El filme es una íntima pieza de cámara que retrata al aclamado letrista Lorenz Hart en sus últimos anhelos vitales y creativos. Una fiesta agridulce donde unos espléndidos Andrew Scott y Margaret Qualley completan el cuadro de honor.

La noche en que Broadway cambió para siempre
La acción nos sitúa siete meses antes de la muerte de Hart —un destino anunciado desde el inicio que impregna el metraje de un amargor prematuro—. Es la noche del 31 de marzo de 1943, una fecha histórica para Broadway: se estrena el musical ¡Oklahoma!. Allí, Richard Rodgers, antiguo e inseparable colaborador de Hart, saborea las mieles del éxito junto a su nuevo socio, Oscar Hammerstein. Mientras tanto, Lorenz intenta mantener la compostura frente a los sapos que le toca tragar, refugiándose en el alcohol, su eterno catalizador de inestabilidad y consuelo ante la soledad.
Hart no solo soporta el brillo de su antiguo colega, sino que debe ver cómo triunfa con una obra que él considera pobre, populista e inofensiva. Su único refugio, más allá de las copas que ruega a un camarero paciente, es buscar la atención de la joven Elizabeth Weiland (un personaje ficcionado para la película), quien encarna la obsesión del autor por la belleza y la intelectualidad, aunque no siempre sea correspondido.

“Todo ello arroja una sensación de ‘gozo no sentimental’, como exclama el propio Hart en cierto punto de la noche.”
Diálogos con denominación de origen
Las tensiones entre la pureza creativa y el éxito comercial son el tejido conceptual que Linklater explora con total libertad. No necesita comprometerse con una tesis cerrada. En su lugar, despliega su exquisita habilidad para filmar “quedadas”: reuniones de personajes que diseccionan la vida con honestidad, un toque de pretensión y una sutil melancolía. El guion de Robert Kaplow fluye con naturalidad orgánica gracias a la dirección de actores.
Con poco más de hora y media de duración, Blue Moon es una experiencia en la que apetece quedarse a vivir, a pesar de que por momentos no pretenda trascender su propia escala íntima.

Ese tono taciturno se sostiene gracias a un Hawke inspiradísimo. El actor domina los aspavientos y el patetismo de Hart sin caer jamás en la estridencia, conectando el crepúsculo del personaje con su propia inquietud por la trascendencia del arte. Hawke se mueve en pantalla con la vulnerabilidad de un titán abandonado por una industria que siempre lo vio como un bicho raro. Su nombre ya resuena con fuerza para la temporada de premios; un reconocimiento que no solo haría justicia a esta interpretación, sino a una de las carreras más coherentes y fascinantes del cine contemporáneo.
