Por décadas, la leyenda de la encrucijada sepultó al hombre. Detrás del mito satánico que rodea al rey del blues del Delta, se esconde la crónica de un fantasma que transformó la historia de la música con solo 29 canciones.
La mitología del rock se sostiene sobre una esquina polvorienta de Clarksdale, Misisipi. Cuenta el mito popular que allí, en un cruce de caminos sumido en la medianoche, un joven negro y mediocre entregó su alma al diablo a cambio de convertirse en el mejor guitarrista del mundo. Sin embargo, cuando el periodismo y la musicología intentan separar la bruma del hecho duro, la respuesta es desconcertante: casi no hay rastro del hombre.

Robert Johnson pasó por la Tierra como una exhalación. No hay actas de nacimiento unánimes, las causas de su muerte siguen bajo sospecha y quienes compartieron noches de alcohol y guitarras con él lo recordaban igual: fugaz, huidizo, sonriente y en un perpetuo estado de fuga. Martin Scorsese, un devoto confeso de su obra, lo sintetizó sin rodeos: “Robert Johnson solo existió en sus discos; fue pura leyenda”.
Fragmentos de una vida en fuga
Desenterrar la biografía de Johnson ha sido el trabajo de Sísifo de decenas de investigadores. Su hermanastra, Carrie, aseguraba recordar que su madre fijaba el nacimiento el 8 de mayo de 1911 en Hazlehurst, Misisipi. Es un dato probable, pero los registros de la época —hostiles con la población afroamericana— no guardaron constancia. El contexto familiar estuvo marcado por la violencia segregacionista: se sabe que su padre biológico huyó de la región para escapar de una horda de terratenientes blancos que pretendían lincharlo.

El dolor lo moldeó temprano. En 1929, con apenas 18 años, se casó con Virginia Travis. Doce meses después, la realidad lo golpeó con crudeza: Virginia murió durante el parto, llevándose también al bebé. El blues, más que un género, se convirtió en su único refugio.
“Fui a la encrucijada y caí de rodillas.
Pedí al Señor: ‘Ten piedad, salva, por favor, al pobre Bob'”.
— Crossroad Blues (1936)
La mutación imposible
Fue tras esa tragedia cuando su camino se cruzó con el de Son House, una de las vacas sagradas del blues del Delta. House recordaba a aquel primer Johnson como un músico lamentable, carente del más mínimo talento para las cuerdas. Poco después, el joven desapareció de los circuitos habituales.
Cuando regresó, la comunidad de músicos quedó estupefacta: el guitarrista torpe se había transformado en un maestro supremo, capaz de hacer sonar su Gibson acústica como si fueran dos guitarras simultáneas. Al no encontrar una explicación lógica para semejante metamorfosis en un músico adulto, nació el mito del pacto satánico. El propio Johnson alimentó la narrativa: seis de sus composiciones aludían directamente al demonio.

Las investigaciones contemporáneas desmitifican el tiempo, pero no el genio. Johnson no estuvo fuera unos meses, sino casi dos años, tiempo en el que se tuteló bajo el anonimato con el guitarrista Isaiah “Ike” Zimmerman. Pero el resultado seguía siendo extraordinario. No hablamos de una evolución ordinaria; hablamos del nacimiento del mejor bluesman de todos los tiempos. Un hombre que, con solo dos sesiones de grabación, sentó las bases de la música contemporánea. Décadas más tarde, cuando The Rolling Stones adaptaron su obra maestra Love in Vain para el álbum Let it Bleed, Keith Richards se negó a tocarla con el arreglo de blues original para evitar lo que consideraba un sacrilegio.
El terror en el acetato
En noviembre de 1936, en una habitación de hotel reconvertida en estudio en San Antonio, Texas, Johnson registró sus primeros temas. Entre ellos, Crossroad Blues. Al escuchar la grabación, el oyente actual no percibe misticismo de ficción, sino un pánico humano y visceral. Historiadores apuntan a una hipótesis más terrenal pero igualmente terrorífica: para un hombre negro en el Misisipi de los años treinta, quedar varado al caer el sol en una encrucijada solitaria implicaba un peligro real y mortal de linchamiento.
Al año siguiente, en Dallas, capturó otra tanda de canciones. Allí quedó inmortalizada Love in Vain, una pieza de una melancolía arquitectónica e inmensa. Serían sus últimas tomas.

Tres tumbas y ningún cuerpo
El acto final llegó el 16 de agosto de 1938. Johnson murió a los 27 años —inaugurando involuntariamente el trágico “Club de los 27″— cerca de Greenwood, Misisipi.
La crónica del deceso se asemeja a un noir sureño. El célebre músico Sonny Boy Williamson, que tocaba con él durante esos días, relató que Johnson fue envenenado en un baile rural. Alguien, presuntamente un marido celoso, introdujo estricnina en su botella de whisky. Tras tres días de agonía, el corazón del guitarrista se detuvo.
Hoy existen tres lápidas distintas en Greenwood que reclaman custodiar los restos de Robert Johnson. Ninguna es completamente de fiar. La versión oficial que sostiene la discográfica Sony Music, editora de su catálogo, es mucho más poética y coherente con su vida de fantasma: el cuerpo del hombre que cambió la historia del rock descansa en una fosa anónima bajo la sombra de un árbol, sin cruz ni nombre, justo al lado de un cruce de caminos.
