dom. Ene 25th, 2026
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En 1959, un desmayo rutinario terminó en una sentencia de muerte para Anthony Burgess. El diagnóstico fue fulminante: un tumor cerebral inoperable y un pronóstico de vida de apenas un año. Lejos de sucumbir a la parálisis, el autor británico convirtió la desesperación en combustible literario, lanzándose a una carrera frenética para asegurar el futuro financiero de su esposa, Lynne.

Anthony Burgess

En aquel “año final”, Burgess alcanzó una productividad febril, completando cinco novelas y media. Entre esos manuscritos urgentes se encontraba su obra más icónica, La naranja mecánica, redactada en apenas tres semanas.

​Entre el argot y la tragedia personal

El título, que hoy resuena en la cultura popular, nació de las calles. Burgess se inspiró en la expresión cockney (el argot londinense) “as queer as a clockwork orange”: algo tan extraño o artificial como una naranja de relojería.

Sin embargo, detrás del experimento lingüístico y la ultraviolencia de la ficción, latía un trauma real. La trama se cimentó sobre una herida abierta en la memoria del autor: en 1944, durante los apagones de la Segunda Guerra Mundial en Londres, Lynne fue víctima de un brutal asalto y violación por parte de cuatro soldados estadounidenses, un suceso que marcó para siempre la visión del mundo de Burgess.

​El error médico más prolífico de la historia

La ironía final superó a la ficción. El diagnóstico que debía haber acabado con su vida resultó ser un error garrafal. Anthony Burgess no solo sobrevivió a aquel año fatídico, sino que produjo más de 50 libros y vivió tres décadas adicionales. Falleció 34 años después de su “sentencia”, habiendo sobrevivido 25 años a la propia Lynne, la mujer por quien decidió empezar a escribir como si el tiempo se le acabara.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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