El espectáculo del medio tiempo ha muerto; lo que hoy presenciamos es su autopsia convertida en circo político. Ya no se busca al artista de mayor calibre vocal o virtuosismo escénico, sino a aquel que mejor descifra el algoritmo de la popularidad efímera.
La presentación de ayer no fue un concierto, fue una herramienta de diseño para incomodar a la Casa Blanca. Si en años anteriores la NFL nos ofrecía un menú de alta cocina —un platillo digno de Pujol, ejecutado con técnica y sustancia—, lo de anoche fue una receta de TikTok: visualmente estridente, saturada de filtros, pero carente de sabor y nutrición artística. Una anécdota cromática que se olvidará en cuanto termine el scroll infinito.

Estamos ante la era del activismo de escaparate. El show intentó romantizar la etiqueta #YoSoyLatino, pero terminó siendo una caricatura instrumentalizada. Se buscó lanzar un mensaje político que, irónicamente, se perdió en la traducción: mientras la producción intentaba incomodar al presidente de turno, gran parte de la audiencia ni siquiera comprendía la lírica de lo que se cantaba.

Este fenómeno recuerda inevitablemente a la rodilla en tierra de Colin Kaepernick. Al igual que aquel gesto, la parafernalia de ayer amenaza con quedar en la nada. Mucho ruido, mucha pose, pero ningún cambio estructural. Al final, el arte fue sacrificado en el altar de la corrección política y la métrica digital. Ayer, la música no fue el lenguaje universal; fue, tristemente, solo el ruido de fondo de una agenda que no termina de cuajar.
