lun. Jun 15th, 2026
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​El director irlandés se atreve con el mito de ‘La momia’ bajo el amparo de Blumhouse, balanceándose entre el efectismo gore, la autoría hollywoodiense y el drama familiar más descarnado.

​El castañeteo de los dientes, escorpiones que reptan bajo la piel, vómitos de sangre y dentaduras que caen al vacío. Todos estos golpes de efecto, calculados al milímetro para sacudir la taquilla, palidecen cuando la película se atreve a mirar de frente lo verdaderamente terrorífico: el calvario de una niña indefensa ante la mirada atónita de sus padres. Es en ese amago de horror absoluto donde se dibuja la frontera moral más difusa del filme. El director es capaz de juguetear con la comedia negra —abuelas momificadas escupiendo prótesis—, pero, al mismo tiempo, lanza una advertencia brutal sobre el peligro ancestral que acecha a una familia que se creía a salvo. Esta efectiva admonición de Cronin —que resuena con fuerza a lo que William Friedkin planteó en El exorcista— podrá pecar de un ego desmedido, pero es innegable que la destreza de sus juegos formales, la desmesura de sus sorpresas y su fe ciega en un malestar duradero logran calar en el espectador más profundo de lo esperado.

​La firma sobre el celuloide: De Capra al Nuevo Hollywood

​Frank Capra fue siempre un defensor acérrimo de colocar el nombre del director por delante del título de la película. Una batalla que ganó tras el arrollador éxito de Sucedió aquella noche (1934), coronándose como el amo y señor de una entonces modesta Columbia Pictures. Aquellos reclamos de propiedad intelectual eran una anomalía en la era dorada de los grandes estudios. Sin embargo, lo que empezó como una declaración de rebeldía autoral en los años sesenta —con cineastas protegiendo su firma frente al rodillo de la industria— terminó entronizándose en las décadas posteriores gracias al Nuevo Hollywood. Llegado el fin de siglo, esa búsqueda de trascendencia devino a veces en mera veleidad: cineastas más preocupados por imponer su nombre como marca registrada que por la propia historia.

​El hecho de que el irlandés Lee Cronin haya estampado su firma al frente de La momia —un detalle autoral que la distribución local ha preferido diluir para priorizar el gancho de la “posesión”— demuestra una confianza ciega. Cronin está convencido de que tiene algo personal que aportar a una mitología desgastada; una iconografía que se remonta a los primeros años de Universal, al furor arqueológico por el descubrimiento de la tumba de Tutankamón y a la silueta magnética de Boris Karloff envuelto en vendas y polvo.

​En 1932, año en que se estrenó la obra original dirigida por el exiliado Karl Freund, la pieza se adscribía al terror gótico puro, un enfoque que las secuelas tardías rechazarían en favor de la aventura familiar. Aquella primera Momia compartía productora, protagonista y las coordenadas trágicas del monstruo de Frankenstein.

Entre el mito egipcio y la culpa doméstica

​Hoy, respaldado por el aval de James Wan —el gran papa del terror contemporáneo— y bajo el paraguas de la productora Blumhouse, Cronin decide romper con el pasado y escribir su propia mitología. La trama se asienta sobre dos pilares: una maldición del antiguo Egipto sobre un demonio latente en un sarcófago sellado, y el drama cotidiano de una familia estadounidense instalada en El Cairo a la espera de volver a casa.

​Cuando su hija Katie es secuestrada en su propio jardín, las ambiciones laborales y los planes de triunfo de Charlie (Jack Reynor) y su esposa Larissa (Laia Costa) se desmoronan. El viaje se transforma en un amargo y silencioso regreso a Albuquerque, dejando a los protagonistas atrapados en el limbo de la espera, la culpa y las sombras de un misterio que se niega a revelar sus secretos.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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