La última película de James Vanderbilt deambula entre el rigor histórico de los juicios de 1946 y el duelo psicológico de sus protagonistas, entregando un relato tedioso que solo se sostiene gracias a un titánico Russell Crowe.
Hay películas que colapsan bajo el peso de su propia ambición. Es el caso de Nuremberg, el juicio del siglo (2025), el largometraje escrito y dirigido por James Vanderbilt que llega a HBO Max, un filme con más intenciones que aciertos. Libremente inspirado en el libro El nazi y el psiquiatra, la cinta es incapaz de decidir su propia identidad: ¿busca ser una crónica definitiva sobre los históricos juicios a la cúpula del Tercer Reich o un íntimo thriller psicológico? Al intentar abrazar ambos frentes, se queda en tierra de nadie.

El juego de espejos: El nazi y el psiquiatra
La premisa, sobre el papel, resulta fascinante. El relato se sostiene sobre tres pilares históricos reales: Hermann Göring (un descomunal Russell Crowe), el número dos del Führer y la pieza de caza mayor en el banquillo de los acusados; el juez Robert Jackson (Michael Shannon), el fiscal obsesionado con desmantelar el engranaje nacionalsocialista; y Douglas Kelley (Rami Malek), el joven psiquiatra militar encargado de evaluar la cordura del jerarca nazi.

Vanderbilt presenta a Kelley haciendo trucos de magia en un tren, una metáfora visual eficaz: es un hombre con un as bajo la manga y una doble agenda. Mientras se gana la confianza de Göring —quien llega a llamarlo “amigo”—, el médico extrae información vital para la fiscalía de Jackson. El núcleo más magnético del film reside precisamente ahí: en el perturbador descubrimiento de Kelley al comprender que Göring, lejos de ser un monstruo bidimensional, es un manipulador brillante y un ser humano común.
El peso del pasado y el error de ritmo
Sin embargo, el largometraje sufre el “síndrome de la comparación”. La tentación de medirse con el clásico homónimo de Stanley Kramer de 1961 (o incluso con la miniserie del año 2000) resulta fatal. Aunque Vanderbilt intenta desmarcarse enfocándose en los vericuetos legales y psicológicos, la narrativa tropieza con dos grandes baches:

- Arranque tardío: El juicio propiamente dicho tarda más de una hora en comenzar, una eternidad para un metraje que roza las dos horas y media.
- Falta de dinamismo: El proceso burocrático y preparatorio carece de agilidad, volviendo el primer tramo del relato densamente tedioso.
Para entender lo que le falta a Nuremberg, basta mirar el espejo de Argentina, 1985 (2022). Mientras el film de Santiago Mitre lograba equilibrar con frescura el drama legal, la evolución de personajes y el peso de la verdad histórica mediante un pulso cinematográfico vibrante, la propuesta de Vanderbilt se siente anquilosada y didáctica en exceso.

Nuremberg, el juicio del siglo no pasará a la posteridad. Es una obra de buenas intenciones políticas y cinematográficas que se diluye en su propia solemnidad. Al final, lo único que rescatará al film del olvido será la titánica actuación de Russell Crowe —quien entrega aquí uno de los mejores y más físicos trabajos de su madurez actoral— y las lúcidas advertencias del verdadero Douglas Kelley sobre los peligros del resurgimiento del odio. Desgraciadamente, para una película de esta envergadura, eso sabe a poco.

