En mi trabajo dentro de comunicación, periodismo y marketing global —donde abarco desde publicidad, ventas y diseño de imagen hasta estrategia digital y manejo de redes sociales— la Inteligencia Artificial (IA) dejó de ser un debate teórico para convertirse en una realidad supita y operativamente aplastante.
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En lo personal, me disgusta profundamente la idea de prescindir de seres humanos para sustituirlos por máquinas. No me agrada la sombra ética ni moral de eso, aún por más benéfica que resulte la ecuación económica.
Pero… hay un factor ineludible: la exigencia del cliente. Hoy el mercado demanda la velocidad inmediata que la propia IA ofrece. Procesos que antes tomaban una semana —como la entrega de una prueba de diseño— ahora exigen resolverse la misma tarde en que se solicitan. Mantener nóminas y tiempos humanos se vuelve imposible cuando la urgencia del cliente ya no los tolera.
Tras más de quince años de sostener una nómina fija de diseñadores gráficos, esa estructura no pudo sostenerse más. De la misma forma, en nuestro trabajo en fotografía comercial de producto y de moda hemos visto cómo la generación de modelos sintéticos eliminó de un plumazo la necesidad de rentar estudios, contratar fotógrafos, modelos, maquillistas, vestuaristas y decoradores de set, paralizando a toda una cadena de producción adyacente; incluso los mismos fabricantes de equipo fotográfico están sufriendo al reducirse drásticamente la demanda de sus productos.
Como periodista, estoy viendo que el fenómeno corre exactamente por la misma vía: las redacciones están sustituyendo precisamente a los redactores y a los editores; hoy basta con alimentar al sistema con los cinco datos duros que requiere cualquier nota o reportaje, pedirle el estilo deseado y te lo entrega en diez segundos, prácticamente sin errores.
Ocurre lo mismo en la industria editorial. Lo que antes exigía a todo un equipo multidisciplinario —correctores de estilo, diseñadores, maquetadores y diagramadores— hoy lo puede realizar un solo director creativo, basta pagar una suscripción de IA para obtener una herramienta con la cual puedes elaborar y publicar desde un periódico, una revista y hasta piezas publicitarias o manuales de procesos corporativos.
Todas las posiciones intermedias quedan eliminadas del proceso.
Esta sacudida no es exclusiva de los medios o el diseño. Investigando con profesionales de otros ramos, se confirma cómo la automatización gana terreno y también se come puestos en muchas otras disciplinas. Si hablamos de contaduría, en algunos países las pequeñas y medianas empresas, así como las personas físicas, ya utilizan sistemas digitales donde el usuario gestiona sus impuestos en la computadora sin pagarle a un contador. En el sector legal la inquietud corre a la par: los abogados ven un escenario similar, donde la única barrera de contención actual sigue siendo el requisito formal de contar con una cédula profesional para litigar.
El riesgo para quienes vendemos servicios profesionales no radica solo en la competencia, sino en la inevitable autonomía del cliente: el paso lógico siguiente es que las empresas, al ver esta facilidad y costo, capaciten a sus operadores internos y lo hagan todo por sí mismas sin contratar a nadie de afuera.
Y para muestra, un botón: esta misma columna la redacté personalmente a mi estilo antes de procesarla con inteligencia artificial. Admito con total apertura que cerca del 85% del texto sigue siendo de mi autoría, pero el 15% restante proviene de las sugerencias del algoritmo para suavizar o agudizar ciertos temas. Resulta prácticamente infalible tomar el consejo y adaptarse a una herramienta que afina y potencia un proceso de comunicación.
Ante este panorama, hay que entender que la premisa es tajante: reconversión acelerada, apertura a nuevas áreas o “muerte”.
Por si acaso… yo ya estoy tomando un curso de plomería (piénsalo…).