Hay un placer sobrio, constante y profundamente emotivo en la última propuesta cinematográfica guionizada por Alan Bennett y dirigida por Nicholas Hytner. The Choral esquiva los convencionalismos del melodrama británico para ofrecer una obra donde las pasiones humanas quedan supeditadas a la música de Edward Elgar, dejando en el espectador una resonancia que combina ingenio, sensibilidad y un aplastante sentido común. La música, en su sentido más puro, redime y exalta a la comunidad; no es menor el elogio al afirmar que el filme evoca la atmósfera entrañable de That Day We Sang, la célebre obra de Victoria Wood.

La trama se traslada a un pueblo ficticio de Yorkshire en plena Primera Guerra Mundial. Allí se reúnen los hombres que la contienda ha dejado atrás —algunos demasiado mayores, otros demasiado jóvenes para el frente— y las mujeres encargadas de sostener tanto el peso emocional del pueblo como las contenciones afectivas de los varones. La rutina local salta por los aires con la llegada del nuevo director del coro, el Dr. Guthrie (interpretado por Ralph Fiennes), un personaje que despierta suspicacias inmediatas por su soltería, sus estrechos lazos pasados con un joven enviado al extranjero y su abierta admiración por la cultura alemana tras haber residido en dicho país.
En un contexto donde la sociedad rechaza frontalmente a compositores germanos como Bach, Beethoven o Händel, Guthrie convence a su variopinto grupo de aficionados para abordar un reto radical: interpretar El sueño de Gerontius de Elgar. La temática de la muerte inherente a la pieza cobra un matiz devastador dada la coyuntura bélica. Para lograrlo, el director obtiene la autorización del propio Elgar, aunque este rehúsa respaldar las audaces variaciones interpretativas que propone el controvertido músico.

Con una intensidad sutil, Hytner equilibra el humor cáustico y la melancolía, al tiempo que aborda la sexualidad con una mirada desinhibida y terrenal. La cinta rompe cualquier atisbo de bucolismo en pasajes crudos y humanos, como la secuencia en la que un joven soldado amputado debe adaptarse a su nueva realidad corporal o negociar la intimidad con su expareja. Este retrato honesto confirma el pulso del Bennett más maduro: una lúcida y crepuscular aceptación de la mortalidad sazonada con un impecable toque de comedia negra.