En una era dominada por la hiperconexión, el estímulo multipantalla y la prisa del día a día, detenerse frente a una obra como La historia del sonido funciona como un remanso necesario. La película nos traslada a un punto del pasado donde la música no era un archivo digital, sino una experiencia viva que se tocaba, se cantaba y comenzaba a fijarse por primera vez en la cera de un fonógrafo. Porque el sonido no se ve, pero se habita.

Basada en el aclamado relato de Ben Shattuck y dirigida por Oliver Hermanus, la cinta sigue a Lionel (Paul Mescal) y David (Josh O’Connor), dos jóvenes que cruzan sus caminos en 1917 mientras estudian en el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra. A medida que la Primera Guerra Mundial transforma el pulso de su nación, ambos emprenden un viaje para registrar en rollos de cera las raíces más profundas del folk estadounidense. Al igual que esas agujas marcando los cilindros, el vínculo entre ambos queda grabado de forma indeleble en sus vidas.
El primer amor como eje universal
Sobre el surgimiento de esta devoción casi inmediata y mediada por la música, el cineasta Oliver Hermanus reflexiona sobre la premisa emocional que guía el filme:

«En esencia, la película aborda la idea de que tu primer amor también puede ser el más grande… y el último. ¿Qué ocurre si esas tres etapas coinciden en una sola persona? Ese es el eje de la historia. Es una locura propia de la juventud asumir que siempre habrá alguien más. Con los años llega un punto de inflexión donde entiendes que ese era el momento. La gran pregunta es si observas ese recuerdo con tristeza o con nostalgia agradecida; si quedó algo sin decir o si habrías cambiado el rumbo. No veo necesariamente a estos personajes como figuras exclusivamente queer o reprimidas, sino como seres atravesados por una verdad universal».
Canciones que cuentan historias

El paisaje sonoro y la música tradicional no funcionan aquí como mero acompañamiento, sino como el tejido narrativo de la obra. Sobre la selección del soundtrack y la atmósfera sensorial, Hermanus añade:
«Lo fundamental es la memoria que custodian estas canciones. Son relatos puros: a veces baladas sobre trágicos sucesos, otras veces fábulas morales sobre el amor y la condición humana. La historia de David y Lionel es, en sí misma, equivalente a uno de esos temas tradicionales. Por eso era crucial que cada pieza musical contara una historia distinta».
Sensibilidad estética y sutileza narrativa
Más allá de su pulso argumental —que ha dividido a la crítica entre quienes celebran su ritmo pausado y quienes exigen mayor dinamismo—, la película destaca por una dirección de arte y una fotografía minuciosamente elaboradas. La atención al detalle se respira en el vestuario, en la luz que atraviesa el polvo suspendedido de una casa abandonada, en la intimidad de una cocina donde se susurra una conversación decisiva y en el respeto casi ritual con el que se trata el silencio y la escucha.
Más que un drama histórico rígido, la cinta es el retrato sensible de un romance atípico para su época: dos hombres que no necesitan grandes discursos porque se reconocen a través de la música, fluyendo con la misma naturalidad que el entorno que los rodea.

La historia del sonido, dirigida por Oliver Hermanus y coprotagonizada por Josh O’Connor, Paul Mescal y Chris Cooper, ya se encuentra disponible en el catálogo de HBO Max. Una propuesta cuyo valor final no depende de la crítica externa, sino de la experiencia íntima de cada espectador.