sáb. Feb 4th, 2023

Durante su participación en el ciclo Mil jóvenes con… la española compartió acerca de los obstáculos que superó para convertirse en escritora

Pese a que siempre se consideró una chica “rara”, lo que le dificultó, durante su infancia y adolescencia encajar con sus compañeros, de quienes incluso padeció acoso escolar, e inclusive a ser cuestionada por su propia familia sobre la presunta imposibilidad para alcanzar la independencia económica al seguir el camino de las letras, Irene Vallejo logró triunfar como escritora gracias a que toda su vida buscó concretar sus aspiraciones. Así lo compartió frente a la multitud que se congregó durante el foro Mil jóvenes con Irene Vallejo, como parte de las actividades de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

“Quería contaros la historia de esta ‘rara’ que fui, y sigo siendo. Con mucho orgullo ahora utilizo ese adjetivo para describirme y para reivindicar ese empecinamiento del entusiasmo, que creo que es tan valioso y que os invito a abrazar. Si tienen algo que realmente los apasiona, y no estoy hablando de la escritura necesariamente, o de la filología, pero si hay algo que realmente les emociona, pues practiquen esa terquedad de la esperanza”.

Desde muy temprano en su infancia Vallejo quiso ser escritora, tras escuchar el relato de La odisea, de Homero, de los labios de su padre, quien quiso mostrarle la inspiración detrás de los dibujos animados que veía en ese entonces y que trataban acerca de un “Odiseo galáctico”.

Esa fijación en la literatura fue la razón por la que comenzaron a discriminarla desde los ocho años, cuando los otros estudiantes aprovechaban los recesos para rasgarle sus ropas, escupir en su comida, ponerle apodos de todo tipo, tirarla al suelo y realizar toda clase de agresiones que antes no tenían los nombres de acoso ni de bullying; en cambio, lo que sí había era un código según el cual no se podía delatar a los agresores ni pedir ayuda a los adultos.

“Durante aquellos años sufrí violencia, sufrí acoso escolar violento, con ataques y agresiones y humillaciones cotidianas, y aquello evidentemente me hizo dudar de mí misma en todo, no solo de la escritura y los libros, sino, en general, de mi propia personalidad, de cuál sería mi futuro”.

Ante las preguntas de los jóvenes admitió que al vivir tantas vejaciones incluso se preguntó si no era ella quien estaba mal. Mirando hacia atrás, todavía no sabe cómo soportó todo aquello que le dejó secuelas durante muchos años. Cuando conocía personas nuevas siempre tuvo la inseguridad de agradarles, por lo que desarrolló una timidez y un deseo de hacer las cosas a escondidas, y se sumergió aún más en la literatura.

“Fue lo que me salvó, pensar que realmente existe un mundo mucho más grande que el patio del recreo, y que tendría tiempo de explorarlo; pensar que si hay gente que ha escrito estos libros yo la voy a encontrar algún día, y no diré que la literatura sea terapéutica, sanadora, pero sí es cierto que en mi caso me ayudó en estar en comunicación permanente con la esperanza en un momento terrible”.

Aunque ocasionalmente continúa sintiendo inseguridades en su escritura, sigue adelante. Sobre su recurrencia a los mitos, respondió que no los abandonará ya que relatos como los de la mitología griega lograron pasar el examen del tiempo porque fueron capaces de despertar fascinación y explicar el mundo a las generaciones venideras, es por ello que se volvieron universales.

Además de estas historias, actualmente tiene rachas de lecturas de narrativa, de ensayos, de pura poesía, pero al tratar de elegir a los textos que la han marcado están Trilce, de Vallejo, porque su padre se lo dedicó a su madre cuando en ese entonces estaba prohibido en España; Las mil y una noches, que incluso son una especie de columna vertebral de su obra El infinito en un junco; también el Decameron, de Boccaccio, Los cuentos de Canterbury, de Chaucer; El Quijote, de Cervantes, y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, “el motivo por el que mi hijo se llama Pedro”, compartió.

“El mensaje que yo os quiero enviar y además me serviría como broche, sé que aquí, en esta sala, están a quienes leeré en algunos años, que serán los periodistas del mañana, las cronistas, que hay cabezas y mentes que van a escribir la literatura del mañana. Mi consejo es: sean pacientes, imiten al principio porque hace falta, no se culpen ni se fustiguen por eso, copias y plagias a los escritores que quisieras ser y que amas, pero es también intentando encontrar un camino propio y único”.

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Por Marisol Hernández

Reportera especializada en espectáculos y cultura. Laboró en Radio Fórmula Jalisco, El Occidental, La Jornada, y Grupo Radiorama.

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