En el Montevideo gris de su infancia, entre las estrecheces de una familia humilde, Cristina Peri Rossi encontró su refugio en el lugar menos pensado: la biblioteca de su tío Tito. Aquel hombre, tan acaudalado como misógino, custodiaba involuntariamente los tesoros que terminarían por definir el destino de su sobrina.

La escena parece extraída de una novela de aprendizaje. Tras devorar cada volumen del estante, la joven Cristina fue llamada a comparecer ante el patriarca. El diálogo que siguió no solo fue una lección de resistencia, sino el acta de nacimiento de una de las voces más brillantes de nuestra lengua.
—¿Cuántos libros hay escritos por mujeres? —inquirió el tío.
—Tres —respondió ella con precisión: Alfonsina Storni, Sylvia Plath y Virginia Woolf.
—¿Leíste cómo murieron?
—Sí. Se suicidaron.
—Aprendé: las mujeres no escriben, y cuando lo hacen, se suicidan.
La respuesta de la futura ganadora del Cervantes no fue el silencio, sino una estocada de humor negro y determinación: «Mirá, yo voy a ser escritora igual; lo del suicidio lo dejo para más adelante».

El triunfo de la palabra sobre el destino
Aquel vaticinio oscuro nunca se cumplió. Peri Rossi no solo sobrevivió al exilio y a los prejuicios de una época, sino que convirtió la escritura en su razón de vivir. En 2021, la historia cerró su círculo de la forma más poética posible: el anuncio del Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras hispanas.

Cristina no eligió el final trágico que su tío le auguraba. Eligió la palabra, la libertad y una longevidad creativa que hoy la sitúa en el olimpo de la literatura universal. El suicidio, como ella prometió, quedó efectivamente para un “más adelante” que nunca llegó a reclamarla.
