No nos engañemos, todos sabíamos que no íbamos a un concierto/copia del “Rock&Rios”. A ver, que Miguel ya no es Mike, que ya son 81 años. Admirable. Yo firmo llegar así de lúcido y respetando al público como él lo hizo, anteponiendo sus propios dolores (los de la caída que después comentaremos) y poniendo todo para hacer de esta una noche inolvidable.
Eso sí, creo que a su prestigio le hubiera venido mejor una banda con más potencia. Pero una cosa es lo que yo crea y otra la que ellos hayan querido diseñar. El concierto es íntimo, un desnudo interior del artista que nos contó muchas cosas de su carrera. Eso, para mí, siempre es un añadido que valorar. Las canciones las podemos escuchar en los discos, pero que él te cuente cómo le “engañaron” con el twist; eso es otro nivel de implicación y cercanía.
El artista estuvo cercano, mucho. Contó hasta chistes; varios. Relajado fue entregándonos sus canciones míticas del concierto más espectacular que se haya hecho en España, nunca. Como comentaba a la salida del concierto con mi querido Jorge Rodríguez, que se decidió a ser batería por ese concierto, los que somos de la generación límite nos sabíamos todas las canciones, pero con arreglos de batería y punteos y todo.
Entre esas canciones se entremezclaron cuatro del disco nuevo que da nombre a la gira: “El último vals”. Que, como aclaró Miguel, no es una gira de despedida. ¡Tranquilo, pueblo! Y, cómo no, algunas canciones icónicas posteriores y la versión de «Insurrección», la canción de El último de la Fila en la que el público hizo la voz de Manolo García.
El auditorio Alfredo Kraus, lleno esperanzador de que íbamos a pasar una noche inolvidable. Así fue. Empezó casi puntual y duró más de dos horas que se nos hicieron cortas. Los “monólogos” entre canción y canción, no sé si por dar tiempo al cantante a coger “resuello” o porque el diseño de espectáculo íntimo así lo requería, alargaron el horario que, pese a ello, no tuvo momentos de bajada de ritmo.

Tampoco tuvo subidones de luces o escénicas. Fue todo muy pretendidamente sobrio. Su indumentaria, el negro que le acompañó casi toda su carrera, e hizo un alegato a su primera actuación en las Islas allá por el año 1962 de la mano del grupo Los Canarios de Teddy Bautista en el Teatro Pérez Galdós.
Arrancó, como no podía ser de otra manera, con el «Bienvenidos» y ale, todos a cantar para seguir con la declaración de intenciones «Mientras el cuerpo aguante». Antes contó la historia de cómo le “engañaron” con el twist y le alejaron del rock. Cantó una estrofa de «El twist», la versión de la canción de Chubby Checker por la que le acabaron apodando “El rey del twist”.
Y, posteriormente, aprovechó a presentar el disco nuevo “El último vals”, grabado en los Black Betty Studios y producido por José Nortes, guitarrista de la banda en directo esta noche. Lo hizo con la canción «Oro irlandés», en la que rememora un antiguo amor en aquel verano del 73. ¿Quiénes no tuvimos un amor de esos como los que canta la canción?
La siguiente «No estás sola» es una de mis canciones de Miguel Ríos. Me pone los pelos de punta. Un canto a la soledad y a esas emisoras de radio que nos acompañan. La segunda canción del disco nuevo es «Si pudiera parar el tiempo», en la que el cantante hace una introspección y nos cuenta su estado actual ante un espejo que no le engaña y en el que no se engaña. Tras «Vuelvo a Granada» y «El río», esas dos canciones grabadas a finales de los 60, cantadas con el público, nos mostró el primer pincelazo reivindicativo, porque no sería el único; en este caso argumentó sobre cómo nos estamos cargando el planeta en «No es la tierra, estúpido. ¡Eres tú!». Cargó contra el “matón planetario” Donald Trump y su desmedida codicia en un alarde de valentía, con riesgo, a lo que el público respondió con una sonora ovación.
Y una vueltita al “Rock&Rios” con «Año 2000» y «Generación límite» cantadas un poco más light de lo que las recordábamos, pero “temazos” de toda una generación, sin duda, de los que seguimos creyendo que nunca volverán los viejos sueños. El artista salió del escenario para dar paso al pianista Luis Prado, que interpretó la canción «Estoy gordo» de su disco «Mis terrores favoritos».

Sinceramente que sobraba. Y más, teniendo canciones en ese disco más adecuadas y potentes como «Ahora me caes bien» o «Me da igual». Ríos volvió al escenario para regalarme, con solo de piano, “Todo a pulmón”, la canción de Alejandro Lerner que me he atrevido, en más de una ocasión, a cantar en público. Y así llegamos a «El último vals», la canción que da título al disco y a la gira. Es una canción de desamor de un viejo romance.
Miguel pidió la colaboración del público para la siguiente canción, «El blues del autobús». Y el público gritó, con ganas, los “Vivo en la carretera”, sintiéndose parte del espectáculo. Maestro Ríos, espero que nunca deje de conducir; el rock le necesita ahora más que nunca. Pero demostró que está en forma todavía.
Acabando la canción, y mira que tenía señalizaciones en el escenario, no creyó estar tan cerca de las columnas de monitores frontales y se las comió, cayendo por el otro lado. Menos mal que entre ellas y el proscenio había, por lo menos, un metro y ahí aterrizó con los pies al cielo y la cara al suelo, evitando la brusca caída a la platea. Se recompuso como si nada o, por lo menos, eso nos pareció. Luego, hasta se atrevió a hacer chistes de la caída. Grande, Miguel.
Tras pedir al público nuestro canario “pio-pio”, que fue correspondido como se merece, siguió con «Insurrección», la canción de El Último de la Fila. El artista pidió que el público hiciera la voz de Manolo García. Una versión a dúo Miguel/Público. Con «Los viejos rockeros nunca mueren» aprovechó a presentar a la banda que le acompaña, los Black Betty Boys: A la guitarra, José Nortes; al piano, Luis Pardo; a la batería, Samu Terroso; y al bajo, Jorge Ruiz.
Es como si les dijera a los “chicos” que están delante de un mito en el que reflejarse. Se fusionó como en el “Rock&Rios” con «Rocanrol bumerang». Momentazo para los fans y para mí, de esta noche.
Para cerrar el concierto, eligió «El rock de la cárcel», que fusionó con una de sus canciones más icónicas tras hacerle un homenaje al mítico concierto. Hablamos de la canción de Moris «Sábado a la noche». Como comprenderán, el público la cantó en pie.
El bis comenzó con «Santa Lucía». Aquí le faltaron algunas fuerzas. Es normal, ya llevábamos dos horas y esa canción se canta con pulmón y diafragma. Pero bajando la intensidad del concierto, sacó y se puso un pañuelo palestino al cuello. Comenzó un discurso antimilitarista del sinsentido de cualquier guerra y de la barbarie a la que nos están llevando los líderes políticos en este “desastre planetario” al que el neoliberalismo nos está llevando.
Sonó algún grito en la sala de “Palestina Libre”. Y cantó «Oración», con letra de un poema de Luis García Montero y que aparece en este último disco, suplicando por un Dios en el que no cree, una justicia de la que desconfía y un orden mundial que no respeta. Y así llegamos al éxtasis final, con el público en pie agitando las manos. Así acabamos con el «Himno a la alegría».
Yo viviré siempre con la cruz de no haber podido ver el “Rock&Rios” en su día. Ese año yo era futbolista y tocaba jugar fuera de la isla. Pero que me lo sabía entero, ni lo duden. Y resumo. Concierto íntimo, discreto, al que yo le habría metido algo más de chicha en sonido e iluminación. Pero, para gustos… colores. No creo que nadie saliera defraudado de este viejo rockero que esperamos no se muera nunca.
