La segunda película de Simón Mesa Soto esquiva los clichés de la violencia latinoamericana, arrasa en taquilla y llega al catálogo de Max convertida en una rareza de humor negro y humanidad.

En un panorama cinematográfico regional a menudo saturado por narrativas de narcotráfico y crudeza social, Un poeta (2025) emerge como una feliz anomalía. El segundo largometraje del director colombiano Simón Mesa Soto —quien ya hizo historia al ganar la Palma de Oro en 2014 por su cortometraje Leidi y sorprender con Amparo (2021)— está cosechando galardones internacionales y ya se encuentra disponible en el catálogo de Max (HBO).
La fórmula de su éxito es tan arriesgada como efectiva: transita por zonas de peligro ético y emocional, pero el director sabe dar el volantazo en el momento justo. Mesa Soto evita con maestría el patetismo, el sadismo y los clichés sobre el descenso a los infiernos de los artistas incomprendidos. El resultado es una comedia negra que, aunque arranca deforme e incómoda, culmina de una forma entrañable, con un cierre digno de una auténtica crowdpleaser (complaciente con el público).
El retrato de un perdedor entrañable

Rodada en un texturizado formato de 16mm —una elección deliberada de Mesa Soto para que el espectador sienta las imperfecciones y la densidad del fílmico—, la película sigue los pasos de Oscar Restrepo (interpretado por Ubeimar Ríos). Oscar es el arquetipo del perdedor: un cincuentón divorciado, padre ausente de una adolescente, que vive con su madre enferma en Medellín, abusa del alcohol y nunca tiene un peso en el bolsillo.
”Esta es mi película más personal. El poeta también soy yo. Hay mucho de mis frustraciones como escritor, de las dudas, del deseo de no convertirse en otro profesor que soñó con filmar y no pudo”.
— Simón Mesa Soto, director.
En sus años de juventud, Oscar fue una promesa literaria con dos libros publicados y algún premio en su haber; hoy, se niega a buscar un trabajo estable pero tampoco escribe. La necesidad económica de ayudar a su hija a ingresar a la universidad lo obliga a aceptar un puesto como profesor de secundaria. Allí descubre a Yurlady (Rebeca Andrade), una alumna con un talento inusual para la poesía. Oscar se convierte en su padrino artístico hasta que la fatalidad —y sus propias malas decisiones— lo llevan a enfrentar una denuncia por conductas inapropiadas.

A pesar de la gravedad de la premisa, el realizador logra que el público se encariñe con este freak, un hombre pequeño y gris sumergido en una cadena ininterrumpida de desgracias. La cinta coquetea constantemente con la humillación de su protagonista, pero se salva gracias a una mirada profundamente humanista.
Un fenómeno de taquilla sin precedentes
Más allá de su calidad artística, Un poeta ha logrado hitos comerciales históricos para el cine independiente de la región, convirtiéndose en una sólida coproducción entre Colombia, Alemania y Suecia.
| Mercado | Recaudación (USD) | Espectadores |
|---|---|---|
| Colombia (Taquilla local) | $1,500,000+ | +200,000 |
| Resto del Mundo | $212,951 | Por determinar |
| Total Global | $1,712,951 |
Estética punk y sensibilidad

Con una puesta en escena urgente, visceral y despojada de cualquier virtuosismo pretencioso, Mesa Soto concibe un filme con grandes momentos de humor físico (destaca una memorable e hilarante rodada por un barranco) y una sensibilidad que jamás cae en la sensiblería barata.
”Esta película es también una forma de reírme de mis frustraciones, de hacer algo punk, feo y hermoso a la vez”, confiesa el director. Con ese espíritu rebelde, Un poeta demuestra que el cine latinoamericano puede incomodar, hacer reír y conmover al mismo tiempo, sin necesidad de recurrir a las balas. Una cita obligatoria ahora disponible en el streaming.

