dom. Sep 20th, 2026
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El calendario marca septiembre de 2026. Cuba atraviesa una de las crisis energéticas, alimentarias y migratorias más severas de su historia moderna. Sin embargo, en el cómodo corazón de Guadalajara, el tiempo parece haberse congelado en una postal de la Guerra Fría. Este sábado, las oficinas del Partido del Trabajo (PT) en Jalisco se vistieron de gala para conmemorar el centenario del natalicio de Fidel Castro Ruz.

Entre aplausos, discursos encendidos y la distinguida presencia del nuevo embajador cubano en México, Eugenio Martínez Enríquez, la izquierda institucional mexicana volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando se trata de la isla: refugiarse en la nostalgia ideológica y evadir las preguntas incómodas.

Nadie puede negar el peso de Fidel Castro en la historia del siglo XX. Su figura como el “Comandante de América”, su retórica antiimperialista y la exportación de un ideal de justicia social marcaron a generaciones enteras. Pero presenciar en pleno 2026 un acto solemne que eleva su memoria a una santidad política infalible resulta, por decir lo menos, un ejercicio de disonancia cognitiva. Mientras los líderes petistas locales, encabezados por el diputado José Luis Sánchez González, hablaban con fervor del “legado de dignidad humana, educación y salud”, la realidad material del pueblo cubano cuenta una historia radicalmente distinta, marcada por el desabasto, la censura y la falta de libertades civiles básicas.

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Durante el evento, el embajador Martínez Enríquez tomó el micrófono para denunciar lo que calificó como una “guerra económica” y un “genocidio silente” perpetrado por el bloqueo financiero de los Estados Unidos, señalando incluso la retención de insumos médicos en puertos como Veracruz. Es un argumento clásico, efectivo y no carente de verdades geopolíticas: el embargo estadounidense es una medida anacrónica que asfixia a los ciudadanos de a pie.

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Sin embargo, el problema de la narrativa oficialista —y de la izquierda mexicana que la aplaude sin chistar— es su ceguera selectiva. En estas tribunas, el embargo es siempre el único culpable de todo; las fallas estructurales del modelo económico cubano, la centralización asfixiante y la persecución de la disidencia interna jamás se mencionan. Para el PT, la autocrítica es una palabra prohibida.

El diplomático cubano también resaltó que el legado de Castro se resume en “enviar médicos en lugar de armamento”. Una frase atractiva para los titulares, pero que convenientemente pasa por alto las denuncias internacionales sobre las condiciones de contratación de esas misiones médicas, a menudo señaladas como esquemas de explotación laboral donde el Estado cubano se queda con la gran mayoría de los ingresos económicos. Pero claro, en la solemnidad de la calle Francisco Zarco, cuestionar estos matices habría arruinado la estética revolucionaria de la tarde.

Lo verdaderamente preocupante de este acto no es la legítima diplomacia entre dos naciones hermanas, sino la persistencia de una izquierda mexicana que prefiere adorar las cenizas de un pasado mitificado en lugar de dialogar con el presente. Resulta paradójico que partidos que en México exigen democracia, transparencia y derechos sociales, crucen el Golfo de México con la mirada baja, dispuestos a justificar un régimen de partido único que lleva más de seis décadas en el poder.

El evento de este sábado en Guadalajara no fue un espacio de debate intelectual ni de análisis histórico serio sobre el castrismo. Fue una misa laica de reafirmación ideológica. Al final del día, mientras los asistentes se retiraban a sus casas con la satisfacción de haber defendido “la convicción de resistir”, a miles de kilómetros de ahí, los cubanos reales seguían lidiando con los apagones diarios y la desesperanza de un futuro estancado.

La mística verde olivo sigue siendo muy atractiva para los discursos en México, pero la realidad es que el romanticismo político no llena platos de comida, ni enciende bombillos, ni otorga libertades. El culto a Fidel Castro en el siglo XXI ya no es revolucionario; es, simplemente, un anacronismo que se niega a despertar.


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