Más allá de la célebre batalla legal contra su discográfica, existe una corriente que sitúa el origen de su icónico cambio de nombre en una profunda metamorfosis espiritual. Para Prince, aquel glifo no era solo un logo, sino un vehículo para alinear cuerpo, mente y espíritu; una forma de sintonizar una frecuencia creativa inédita que le permitiera observar su obra desde una perspectiva mística.

La arquitectura del signo es un ecosistema de significados. En él convergen la paz y la divinidad, articuladas bajo la dualidad del yin y el yang para representar su propio signo zodiacal: Géminis. Otros ven en sus trazos la protección del Ojo de Horus y el peso esotérico del siete como número sagrado.

La simbología no termina ahí. La propuesta visual integra conceptos de salud —representados en la cruz—, la creencia en una fuerza luminosa superior y, sobre todo, la disolución de las fronteras de género. Al fusionar los símbolos del hombre y la mujer, Prince creó una declaración de igualdad universal.
Aunque el artista llegó a patentar el diseño, sus declaraciones siempre mantuvieron un aura de ambigüedad:

”Es un símbolo impronunciable y su significado se desconoce. Es una invitación a pensar de una manera distinta, conectándose a una nueva frecuencia libre”, declaró el genio de Minneapolis en su momento.

Sin embargo, el hermetismo podría no ser absoluto. Se dice que el significado auténtico y total de este emblema fue redactado por el propio músico junto a Neal Karlen, ex redactor de la revista Rolling Stone. Ese manuscrito descansa hoy en una cápsula del tiempo, tan simbólica como el propio autor, resguardada entre las paredes de Paisley Park, en Minnesota. El secreto, al igual que su música, permanece resguardado para la posteridad.
