La obra maestra que reunió a De Niro, Liotta y Pesci no solo redefinió el cine de gángsters; fue el retrato hiperrealista de Henry Hill, un hombre que prefirió ser mafioso antes que presidente. Secretos de un rodaje marcado por la censura, la improvisación y 321 insultos.

El tiempo no ha hecho más que pulir la brillantez de GoodFellas (1990). A más de tres décadas de su estreno, la cinta de Martin Scorsese se erige como el pilar fundamental del canon mafioso junto a El Padrino y Érase una vez en América. Pero más allá de su estética técnica, la película es una ventana a un mundo de códigos de silencio y estructuras piramidales que fascina por su crudeza. Como sentenció su protagonista en una de las frases más icónicas del séptimo arte: “Desde que tengo memoria, siempre quise ser un gángster”.
El casting que el destino (y el miedo) acomodó
El armado del elenco fue un juego de ajedrez. Originalmente, Robert De Niro iba a interpretar a Henry Hill, pero el paso del tiempo lo convenció de que ya era mayor para el papel. Scorsese, que compartía la opinión pero no se atrevía a decírselo a su actor fetiche, respiró aliviado cuando De Niro aceptó el rol de Jimmy Conway.

Para el papel de Hill, el director tenía en la mira a un joven Ray Liotta tras verlo en Something Wild. Sin embargo, la confirmación no llegaba. La anécdota de cómo Liotta consiguió el papel parece sacada de un guion de suspenso: en pleno Festival de Venecia, mientras Scorsese era custodiado por un batallón de guardaespaldas debido a las amenazas de muerte recibidas por La última tentación de Cristo, Liotta se acercó al director. Los guardias lo repelieron con violencia, pero el actor mantuvo una calma imperturbable. Scorsese, al ver esa determinación fría y segura, supo que tenía frente a él a su Henry Hill.
La verdadera vida de una “rata”
Henry Hill existió. Fue gángster durante 25 años bajo el ala de la familia Lucchese, una de las cinco grandes mafias de Nueva York. Su ascenso comenzó en 1955 haciendo mandados —desde lustrar zapatos hasta servir café en partidas de póker—, logrando ingresos que superaban los de su padre.

Su lealtad se forjó a los 16 años cuando, tras ser detenido con tarjetas de crédito robadas, se negó a hablar a pesar de las palizas policiales. Sin embargo, el “omertá” no fue eterno. En 1980, acorralado por cargos de narcotráfico, Hill rompió los dos mandamientos sagrados: no delatar y mantener la boca cerrada. Su testimonio provocó más de 50 arrestos.
Hill murió en 2012 por causas naturales, un misterio para muchos considerando su traición. La hipótesis más aceptada es que la fama que le otorgó la película de Scorsese funcionó como su mejor escudo protector.
Una joya técnica: El plano secuencia del Copacabana
La entrada de Henry y Karen al club Copacabana es, quizás, el plano secuencia más famoso de la historia. Filmado con una steadicam, la cámara los sigue desde la calle, atravesando cocinas y pasillos estrechos hasta llegar a la primera fila del show. No es solo un alarde técnico; es una metáfora visual del ascenso de Hill: entrar por la puerta de atrás para terminar siendo el rey del salón.
Improvisación, sangre y una madre engañada
El realismo de Buenos Muchachos se debe, en gran parte, a la libertad creativa. La famosa escena de Joe Pesci increpando a Liotta con el “¿Te parezco gracioso?” (Funny how?) fue fruto de una improvisación basada en una experiencia real de Pesci. El resto de los actores en la mesa no sabían qué iba a pasar; su incomodidad en pantalla es genuina.

Pero el secreto mejor guardado ocurrió en la cocina de “Mamá”. En la escena donde el trío protagonista cena en casa de la madre de Tommy (interpretada por la madre real de Scorsese, Catherine), hay un cadáver descomponiéndose en el baúl del auto afuera de la casa.
Para obtener una actuación natural, Scorsese le dijo a su madre que simplemente se trataba de unos amigos que pasaban a saludar tarde en la noche. Omitió deliberadamente el detalle del asesinato y el cuerpo en el coche. El resultado fue una de las escenas más entrañables y perturbadoras del cine: una madre italiana repartiendo pasta y cariño a tres asesinos que acaban de cometer un crimen atroz.
Los números de un clásico
- 5 crímenes violentos se contabilizan en pantalla.
- 321 veces se utiliza la palabra fuck (aunque queda tercera en el “ranking de insultos” de Scorsese, superada por Casino y El lobo de Wall Street).
- 12 versiones del guion escribió Nicholas Pileggi antes de llegar a la edición final.
- 1.800 dólares semanales (a valor actual) ganaba Hill a los 16 años sin siquiera presentarse a trabajar.

Buenos Muchachos no es solo una película sobre el crimen; es un estudio sobre la seducción del poder y el costo de la traición, musicalizado magistralmente desde Tony Bennett hasta Sid Vicious. Un retrato de una era donde, por un momento, parecer un “buen muchacho” era lo único que importaba.
