mar. Jun 23rd, 2026
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Por qué el autor de Tom Sawyer, entre imprecaciones sobre su moral y dólares mal gastados, cambió la historia de la literatura con un dedo.

​Mark Twain solía presumir de sus hazañas, pero hubo una en particular que lo consagró no solo como un genio de las letras, sino como el primer habitante del futuro digital. “Soy la primera persona del mundo que aplicó la máquina de escribir a la literatura”, llegó a declarar con su habitual modestia. Y no mentía. Se le considera el primer escritor de renombre en entregar un manuscrito —o más bien, un mecanuscrito— listo para la imprenta.

​El hito histórico ocurrió en 1883. El texto en cuestión era Vida en el Mississippi, una radiografía nostálgica y mordaz sobre la sociedad sureña de los Estados Unidos. Para Twain, habituado al ritmo frenético de las redacciones de los periódicos de la época —donde estas ruidosas cajas de metal empezaban a colonizar los escritorios—, la transición tecnológica parecía lógica. Sin embargo, su romance con las teclas estuvo a punto de terminar en divorcio por motivos éticos.

​Una inversión “inmoral”

​La relación de Twain con la tecnología fue una comedia de enredos. Tras varios intentos fallidos con extraños prototipos, en 1874 desembolsó la astronómica suma de 125 dólares de la época —una pequeña fortuna— por una flamante Remington No. 1.

​La luna de miel duró poco. Al año siguiente, desesperado por los atascos de las teclas y el esfuerzo que requería, el autor envió una carta a la compañía que parecía más un exorcismo que una queja de consumidor: aseguraba que el artefacto “corrompía su moral” al incitarlo a decir palabrotas, por lo que juraba no volver a utilizarlo jamás.

​”Destruye mi moral porque me hace jurar y maldecir”, confesaría el escritor sobre su tormentosa relación con la Remington.

​El regreso triunfal

​Pero el progreso es testarudo, y Twain también lo era. Siete años después de aquel juramento, el escritor encontró la solución perfecta para mantener limpia su alma y su caligrafía: contrató a un mecanógrafo.

​Protegido de la tentación de maldecir a la máquina, Twain dictó o entregó sus notas para que otra mano domara las palancas de metal. El resultado fue ese volumen limpio y uniforme que llegó a las manos de su editor en 1883, cambiando para siempre las reglas del juego editorial y jubilando, página a página, la era de la pluma y la tinta.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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