mar. Jun 23rd, 2026
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El Vaticano la tildó de blasfema, el franquismo ordenó su destrucción y Luis Buñuel celebraba el escándalo. Pero fue la determinación de su protagonista lo que impidió que la única Palma de Oro de España terminara convertida en cenizas.

​La muerte de Silvia Pinal, el pasado 28 de noviembre a los 93 años, marca el cierre de una era dorada para el cine hispano. Si bien su legado es vasto, existe un episodio que roza la ficción cinematográfica: aquel donde la actriz dejó de ser la musa para convertirse en la contrabandista de su propia obra. Sin ella, Viridiana (1961) —piedra angular del cine mundial— hoy no sería más que un recuerdo en los archivos de la censura.

​El mito de la Palma de Oro

​Existe una confusión recurrente en la memoria colectiva: se dice que Silvia Pinal ganó la Palma de Oro en Cannes. La precisión periodística dicta lo contrario: el premio fue para la película. No obstante, el mérito de la actriz es mayor a un galardón individual. Viridiana, una coproducción entre México y España, ostenta hasta hoy el honor de ser la única cinta en español en haber conquistado el máximo premio del festival francés.

​Pinal, en un acto de justicia poética, custodió la presea durante décadas en su residencia de la Ciudad de México. Lo hizo porque a Buñuel no le interesaban los trofeos; a él solo le importaba la subversión.

​Una cena de mendigos y un escándalo en Roma

​La trama de Viridiana —una crítica mordaz a la caridad cristiana y la hipocresía social— fue demasiado para la España de la década de los 60. La secuencia que recrea La Última Cena con una banda de mendigos y ciegos en actitudes libertinas desató la furia de las instituciones.

  • La condena: El diario oficial del Vaticano, L’Osservatore Romano, calificó la obra de blasfema.
  • La reacción: El gobierno de Francisco Franco, avergonzado por haber permitido la producción bajo su vigilancia, ordenó la prohibición inmediata, el retiro de copias y su destrucción total.

​El abrigo de los negativos: El escape

​Mientras el régimen intentaba borrar el celuloide de la historia, Silvia Pinal tomó una decisión audaz. Ante la amenaza de que las cintas fueran quemadas por grupos reaccionarios, la actriz decidió exiliarse de España cargando el material prohibido.

​“Eran gentes de un grupo de reaccionarios y sí, querían quemarlas. Don Luis estaba fascinado; por él, que las quemaran para armar un escándalo… Pero la película se hubiera perdido. Le dije: ‘Don Luis, esto para nosotros es un regalo de Dios, apóyeme’”, recordaba la actriz en sus memorias.

​Para burlar la vigilancia fronteriza, Pinal recurrió a una estratagema de espionaje: descosió el forro de un abrigo de invierno y, con cuidado artesanal, ocultó los rollos de película entre las costuras. Sin las latas originales, cargando el peso del nitrato directamente sobre sus hombros, huyó del país como persona non grata.

​Legado rescatado

​Aquella copia salvada entre pliegues de lana fue la que permitió que el filme se distribuyera internacionalmente. Aunque en México solo logró proyectarse por unas semanas en un único cine debido a la presión religiosa, el tiempo terminó por darle la razón a la actriz y al director.

​Hoy, Viridiana no solo es considerada la mejor película del cine español, sino un testamento de la valentía de una mujer que entendió que el arte, a veces, requiere de un acto de rebelión para sobrevivir.

Dato de contexto: Tras el escándalo, el jefe de cinematografía de España fue destituido y la película permaneció prohibida en territorio español hasta 1977, tras la caída de la dictadura.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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