mar. Jun 23rd, 2026
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“Escritor independiente, artista independiente, editor independiente, trabajador independiente, periódico independiente, evento independiente…” y la lista se sigue, y es que no es mérito de quien escribe estas líneas entrecomillar el término “independiente” puesto que suena a condena, a suicidio, a mal obediencia, a pasar hambres, a ser invisible, a dejar de ser el buen hijo y pasarse al bando de las incomprendidas ovejas negras.

Hoy nuestra mala palabra es “independiente” hacer las cosas por su cuenta, ya sea por gusto, por disidencia, por ser la única opción, o por cansancio de tanto pedir ser tomados en consideración, y nada. No queda si no automarginarse y tomar la etiquetita y colgársela con discreción mientras los no independientes, los sistematizados, los consagrados, los hijos de la aceptación, disimulan una sonrisilla y respiran confiados al ser abrazados por ser dependientes. Y cada noche, cual vampíricos seres salen (salimos) al exterior a decir la verdad de la vida según las propias perspectivas, dejamos caer sobre nuestro pecho, esa amarillenta estrella de David para ser blanco de los bien portados, de los peinados con gel, y los organizados de la burocracia.

Salimos a decir que la cultura no debe, pero se divide en dependiente, y en la independiente, la de los sin voz, pero con acciones, con propuestas, con movimientos legítimos, que suman y dan resultados. La cuestión es que con el devenir de los tiempos y las conciencias, los independientes somos más. Proyectos de teatro, literatura, poesía, música, grafiti, circo, danza, huertos urbanos, rescate de memorias de barrios, rescate de juegos, crónicas de pueblos, de barrios, talleres de una diversidad de disciplinas, y un largo etcétera.

Todo bien, los independientes resignados a serlo, a proponer y trabajar en condiciones a veces precarias, pero haciéndolo de corazón ¿Dije todo bien? Bueno sí, ninguna historia sin conflicto resulta interesante, así que los dependientes, después de hacer por 10 años los mismos eventos literarios y teatrales con los mismos reciclados, empezaron a limpiar su visión para observar una gama interesante de propuestas culturares “independientes” muy cerca de ellos.

Dejaron sus cómodos escritorios, y salieron a las calles, para escuchar a los cantantes urbanos, observaron a los que pintan las murales en las calles, o los que sin pena ensayan una obra teatral en alguna plaza pública, entonces, sintieron que habían dado con la clave “haremos dependientes a los independientes” ¿ Resultado? una respuesta legítima de personas que realmente aman lo que hacen, y que por la ilusión de unos pesos dan a conocer sus trabajos, y se enrolan en las garras del burocratismo, contestando intrincados cuestionarios, buscando documentos oficiales, haciendo difíciles proyectos por escrito, y con esto validar la frontera de la independencia a la dependencia, haciendo un trabajo que le corresponde a los institucionalizados, triste final para un triste cuento.

Lo que me hace equilibrar mi sentido de injusticia, es saber que siempre habrá independientes exponiendo, hablando, siguiendo y no atrapados por las garras de las instituciones, por lo que para mí es un honor ser una artista hija de la mala palabra “independiente.” Gracias por leerme, me puedes contar en: [email protected]


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