mar. Jun 23rd, 2026
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Mucho antes de la segunda ola del feminismo y de las denuncias del movimiento #MeToo, la actriz fundó su propia productora, exigió igualdad salarial y plantó cara a los depredadores de la industria. Esta es la historia de la mujer que se negó a ser el juguete de los grandes estudios.

​Una noche de noviembre de 1954, la mujer más famosa del mundo se esfumó de Los Ángeles. Oculta bajo un abrigo largo, gafas oscuras y una peluca negra, Marilyn Monroe esquivó las miradas en el aeropuerto de California. En su billete de avión hacia Nueva York no figuraba su nombre, sino un seudónimo: Zelda Zonk.

​No era un capricho de diva; era una fuga en toda regla. Monroe acababa de romper unilateralmente su contrato de exclusividad con 20th Century Fox. Estaba cansada de la jaula de oro de los grandes estudios, harta de los guiones que la encasillaban como la “rubia tonta” y furiosa por la brecha salarial. El agravio era flagrante: por Los caballeros las prefieren rubias, el estudio le pagó apenas 1.500 dólares, mientras que su compañera de reparto, Jane Russell, se embolsó 150.000.

​Al rechazar el siguiente proyecto impuesto por la Fox—un musical junto a Frank Sinatra—y poner rumbo a la Gran Manzana, Marilyn no solo cambió de ciudad: tomó las riendas de su propio destino.

​El nacimiento de una empresaria

​En Manhattan, la actriz encontró el oxígeno intelectual que Hollywood le negaba. Tal como relata Elizabeth Winder en Marilyn en Manhattan, su año de júbilo, se sumergió en la vida cultural de la ciudad y comenzó a tomar clases en el prestigioso Actor’s Studio bajo la tutela de Lee Strasberg.

​Pero el verdadero golpe de efecto llegó el 7 de enero de 1955. En el despacho de su abogado, Monroe convocó a la prensa para anunciar una noticia que dinamitó los cimientos de la industria: el nacimiento de Marilyn Monroe Productions.

​Asociada con el fotógrafo Milton Greene, la actriz se convirtió en la segunda mujer en la historia del cine estadounidense en fundar su propia productora, siguiendo los pasos de la pionera del cine mudo Mary Pickford. Marilyn no era una figura decorativa en el negocio: poseía el 51% de las acciones y asumió la presidencia de la compañía. Bajo este sello financió dos de sus proyectos más célebres: Bus Stop, donde demostró su extraordinario registro dramático, y El príncipe y la corista.

​”No es que no quiera hacer musicales o comedias. De hecho, me gusta bastante. Pero también me gustaría interpretar papeles dramáticos”, repetía la actriz ante un sistema que se resistía a escucharla.

​David contra Goliat: victoria total contra la Fox

​La audacia de Monroe desató la furia de los magnates de la Fox, quienes iniciaron una agresiva campaña legal y mediática para ridiculizarla. Sin embargo, tras un año de pulsos transatlánticos, el estudio tuvo que claudicar.

​El nuevo contrato que firmó Marilyn sentó un precedente histórico en la era dorada de los estudios:

  • Libertad creativa: Derecho a vetar guiones, directores y directores de fotografía.
  • Flexibilidad: Capacidad para trabajar con otras productoras.
  • Justicia económica: Un sueldo de 100.000 dólares por película, limitándose a solo cuatro producciones en los siguientes siete años.

​La prensa, que antes la había subestimado, tuvo que rendirse a la evidencia y la bautizó como una “astuta mujer de negocios”. En su obra The Girl, la biógrafa Michelle Morgan destaca el impacto de este hito: “Ganó una batalla muy importante, no solo para ella, sino para las actrices que vinieron después. Rechazar un papel para el que había sido contratada fue un gesto asombrosamente valiente”. Al resquebrajar el monopolio de los estudios, abrió las puertas a la independencia de futuras estrellas como Barbra Streisand o Paul Newman.

​Caza de “lobos” y soberanía corporal

​El activismo de Marilyn no se limitó a los despachos. Décadas antes de que Hollywood se vistiera de negro contra los abusos sistémicos, ella ya señalaba con el dedo a los depredadores del sector.

​En enero de 1953, publicó en la revista Motion Picture and Television Magazine un artículo incendiario titulado Los lobos que he conocido. En él, describía con crudeza la fauna machista de la industria: “Hay muchos tipos de lobo. Algunos son siniestros, otros son simplemente juerguistas que intentan conseguir algo a cambio de nada”.

​Uno de esos “lobos” fue Harry Cohn, el todopoderoso jefe de Columbia Pictures. Cuando Cohn la invitó a pasar un fin de semana a solas en su yate, Monroe le respondió con ironía que estaría encantada de asistir para “conocer a la Sra. Cohn”. El magnate, enfurecido por el desplante, amenazó con destruir su carrera, una advertencia que Marilyn ignoró con una valentía inusual para la época.

​Asimismo, fue una pionera en la defensa de la soberanía corporal. En 1952, cuando su carrera despegaba, salieron a la luz unas fotografías de un desnudo que había realizado años atrás para el calendario Golden Dreams. La Fox, presa del pánico moral, le exigió que lo negara todo. Marilyn hizo exactamente lo contrario. En una entrevista con la periodista Aline Mosby, confesó con naturalidad que estaba arruinada y necesitaba el dinero para pagar el alquiler: “¿Por qué negarlo? Además, no me avergüenzo de ello, no he hecho nada malo”. Su honestidad brutal desarmó a los críticos y consolidó un vínculo inquebrantable de empatía con su público.

​El icono que el tiempo terminó de entender

​Marilyn Monroe falleció en 1962, justo antes de que la revolución de la segunda ola feminista estallara en las calles de Estados Unidos. Sin embargo, el movimiento no tardó en rescatarla del cliché de la víctima trágica o el objeto de deseo para reivindicarla como un faro precursor.

​La célebre líder feminista Gloria Steinem, autora de la biografía Marilyn: Norma Jean, aseguró en una entrevista para la PBS que la actriz se habría sumado con entusiasmo al movimiento de haber vivido unos años más: “Las experiencias que vivió Marilyn fueron exactamente las que luego denunció el feminismo”.

​A un siglo de su nacimiento, la mirada sobre Marilyn Monroe ha madurado. Detrás de la icónica melena platino y la sonrisa magnética, el periodismo y la historia rescatan hoy a la verdadera Norma Jean: una estratega brillante, una trabajadora incansable y una mujer libre que plantó cara a un imperio que siempre le quedó demasiado pequeño.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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