En septiembre de 1970, mientras el mundo de la música aún digería la repentina muerte de Jimi Hendrix, en una casa de la colonia Coyoacán, en la Ciudad de México, se tejía un capítulo tan insólito como desconocido de la historia del rock.

Apenas un día después de la partida de la leyenda estadounidense, el influyente productor Alan Douglas y la gestora Gracie Covarrubias tocaron a la puerta de Javier Bátiz. ¿El motivo? Una propuesta audaz: que «El Brujo» —considerado el padre del rock mexicano y mentor de figuras como Carlos Santana— tomara la guitarra de Hendrix para cumplir con las fechas pendientes de su gira internacional.

Sobre la mesa, una maleta retacada de dólares en efectivo como adelanto. Sin embargo, en una decisión que inmortalizaría su carácter indomable, Bátiz rechazó la oferta y el dinero en el acto. Prefirió mantenerse fiel a su propio camino antes que convertirse en el reemplazo de una sombra, dejando para el mito urbano el día en que un tijuanense le dijo que no a la maquinaria de la industria musical anglosajona.