El 31 de octubre de 1983, la silueta inconfundible de Jorge Luis Borges recorría el campus de una universidad en Wisconsin. El escritor argentino, que cruzaba aquellos días entre conferencias y rigores académicos, se enfrentaba a una de las tradiciones más estridentes del otoño norteamericano: Halloween.
Casi por compromiso, y ante la insistencia de sus anfitriones por evitar cualquier atisbo de descortesía, el autor de Ficciones cedió a la tentación —o al deber social— de asistir a una fiesta de disfraces. Años más tarde, con esa precisión irónica que definía su memoria, el propio Borges recordaría la escena:

“Todo el mundo se había disfrazado: profesores, estudiantes… Aunque le tengo mucho miedo a las máscaras, acepté, porque si no hubiera sido un aguafiestas. Entonces invertí dos dólares en una gran cabeza de lobo.
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Entre la penumbra, las risas de los estudiantes y el cartón piedra de los disfraces de terror, el ciego más lúcido de la literatura universal no eligió un disfraz cualquiera. Prefirió encarnar, por un par de dólares, el célebre axioma de Plauto popularizado por Hobbes (Homo homini lupus), convirtiendo una inofensiva fiesta de disfraces en una sutil y memorable función filosófica.