La relación entre los intelectuales y el poder político en Argentina tiene un capítulo tan absurdo como emblemático: el nombramiento de Jorge Luis Borges como inspector de mercados. Tras años de servicio en la administración pública, el escritor fue víctima de una represalia administrativa por su abierta oposición al régimen peronista.

Aunque la designación de inspector de aves y conejos nunca llegó a concretarse legalmente, el gesto cumplió su cometido simbólico de humillación. La respuesta de Borges fue una lección de elegancia intelectual. En su discurso de renuncia, no solo rechazó el cargo, sino que advirtió sobre el peligro de los regímenes autoritarios: “Más abominable es el hecho de que las dictaduras fomentan la crueldad… y la idiotez”. Lo que pretendía ser una mancha en su carrera terminó convirtiéndose en una medalla
