A 100 años de su nacimiento, recordamos al “francotirador del amor”, el hombre que bajó la poesía de la academia para entregarla a los jóvenes en las plazas y los pasillos del Palacio de Mármol.
Jaime Sabines no escribía para los críticos, sino para los vivos. Nacido el 25 de marzo de 1926 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el “Mayor” de las letras mexicanas construyó un puente directo con el lector a través de un lenguaje despojado de adornos, pero cargado de una honestidad brutal sobre la condición humana, el deseo y la muerte.

Hoy, en el marco de su centenario, la Secretaría de Cultura y el INBAL preparan una serie de homenajes para honrar a quien Octavio Paz reconoció como una de las voces más poderosas del siglo XX. Sin embargo, el mejor homenaje sigue siendo su obra: desde la angustia existencial de Horal (1950) y Tarumba (1956), hasta la elegía desgarradora de Algo sobre la muerte del Mayor Sabines (1973).
El fenómeno de las “Lunas” y el teléfono
Sabines fue, también, un poeta de culto popular. Muestra de ello fue la icónica edición de Recogiendo Poemas (1977), prologada por Carlos Monsiváis. Años más tarde, una reedición conmemorativa de Telmex —aquella de portada en blanco y negro con la leyenda “Juntos con LADA”— se convirtió en un objeto cotidiano en los hogares mexicanos, democratizando versos que antes solo habitaban en librerías selectas. Sabines estaba en todas partes: en la mesita de noche y en la memoria colectiva.

La noche en que la poesía desbordó el Palacio
Aunque han pasado décadas, en los pasillos de Bellas Artes aún resuena el eco de la tarde-noche del 30 de marzo de 1996. Lo que debió ser un recital íntimo por sus 70 años en la Sala Manuel M. Ponce (con capacidad para 240 personas), se transformó en un fenómeno sociológico sin precedentes.
“Todo indicaba que el recital no rebasaría las 200 personas”, recuerda Gerardo Estrada, entonces director del INBA.
Pero los “amorosos” tenían otros planes. Antes de las siete de la noche, la afluencia era tal que el personal de seguridad entró en pánico. Sin redes sociales ni convocatorias digitales, el rumor de la presencia de Sabines había movilizado a miles. En un movimiento audaz, las autoridades decidieron trasladar el evento a la Sala Principal.

“Fue inusitado. Un poeta atrayendo a tanto público como si se tratara de un concierto de rock and roll”, relata Estrada. Los mil 800 asientos de la sala mayor resultaron insuficientes. Afuera, en la explanada, una multitud de jóvenes de entre 20 y 25 años —quienes, según el prejuicio de la época, “no leían poesía”— aguardaba bajo el sereno para escuchar, aunque fuera de lejos, la voz aguardentosa del chiapaneco.
Un legado que no envejece
Aquella velada de dos horas no fue solo un recital; fue la confirmación de que Sabines había logrado lo imposible: que la poesía fuera necesaria. Solo una vez más se vio algo similar en Bellas Artes (durante unas conferencias sobre Nietzsche), pero lo de Sabines tuvo un tinte distinto, una conexión emocional que solo nace de quien sabe decir, con palabras simples, lo que todos sentimos pero no sabemos nombrar.

A un siglo de su nacimiento, Jaime Sabines sigue siendo ese “peatón de la palabra” que nos invita a sentarnos en el suelo, encender un cigarro y admitir que, efectivamente, los amorosos callan y el amor es la prórroga de la vida.
