En un presente fílmico dominado por la inmediatez y el artificio digital, La última sesión de Freud (Matt Brown, 2024) emerge como una anomalía: un filme de un clasicismo deliberado, ajeno a las modas, que parece reclamar su lugar en una cartelera que ya no suele dar refugio a la pausa narrativa. La cinta no es solo un biopic; es un ejercicio de “cine de cámara” que, al igual que la malograda Tolkien (2019), se atreve a formular una realidad sumida en la fuga narratológica y la abstracción onírica.

El escenario: Un búnker intelectual
La premisa nos sitúa en las vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Un Sigmund Freud (Anthony Hopkins) exiliado por el nazismo en Londres y consumido por un cáncer bucal, recibe al joven profesor de Oxford y futuro autor de Las crónicas de Narnia, C.S. Lewis (Matthew Goode). Aunque la agenda histórica de Freud registra un encuentro con un académico de Oxford antes de su muerte, el duelo dialéctico entre el “padre del psicoanálisis” y el “apóstol de los escépticos” es una construcción ficticia, basada en la obra de Mark St. Germain y el ensayo de Armand Nicholi.
Bajo la dirección de Brown, la película evita el estigma de lo puramente teatral mediante una estrategia de “sueños flotantes”. El director rompe el claustrofóbico escenario del despacho londinense con flashbacks recurrentes y una atmósfera otoñal, casi musical, que actúa como un espejo convexo de la psique de sus protagonistas.

Dos titanes en la trinchera de la memoria
El filme articula un andamiaje de tinieblas donde los miedos y traumas se entrelazan:
- Freud (El ateísmo vengativo): Hopkins entrega una interpretación soberbia, manejando todos los registros de un hombre que ve en la religión una “neurosis obsesiva”. Su incredulidad no es solo teórica; es el grito de quien perdió a una hija y a una nieta ante la indiferencia divina.
- Lewis (El converso melancólico): Matthew Goode acierta al dotar a Lewis de una vulnerabilidad trágica. El antiguo ateo que regresó al cristianismo tras leer a Chesterton y MacDonald define su fe no como una búsqueda, sino como una captura: “Él fue el cazador y yo el venado”.
Más allá de la palabra: El subtexto y la forma
Lo más audaz de la propuesta no reside en sus diálogos —por momentos extenuantes—, sino en sus vasos comunicantes. La relación de Lewis con la madre de un compañero caído en la Gran Guerra y el vínculo asfixiante entre Freud y su hija Anna (una excelente Liv Lisa Fries) aportan una capa de ambigüedad necesaria. En la mirada de Anna, el filme vislumbra otra película posible: una historia de sumisión y amor secreto que late bajo la superficie de la discusión teológica.
Estéticamente, Brown se aleja de la violencia clínica de un Cronenberg o del surrealismo de Buñuel, prefiriendo la sobriedad de la escuela británica y el espíritu humanista de John Huston. El director prefiere la elipsis y el gesto vaporoso para enmascarar los aspectos más sádicos de la realidad bélica que acecha tras las ventanas.
El resplandor final
Como colofón, la cinta nos regala una secuencia final que queda grabada a fuego: un viaje en tren envuelto en un vals compuesto por el propio Anthony Hopkins. Es un cierre donde la naturaleza, el ingenio y la fragilidad de la carne se funden en imágenes radiofónicas y resonantes.

La última sesión de Freud es, en definitiva, una obra de oficio que sabe disimular sus carencias espaciales para centrarse en lo esencial: las pulsiones de dos seres atrapados en las trincheras de sus propios recuerdos, tratando de descifrar si el sufrimiento humano es un error de diseño o el misterioso plan de un creador silencioso.
