La última película de Rebecca Zlotowski, ya disponible en HBO Max, reúne a la estrella estadounidense con Daniel Auteuil en un magnético thriller psicodramático con ecos de Hitchcock y Woody Allen.
Que Jodie Foster rompa a llorar en pantalla es un acontecimiento tan insólito como aquel histórico instante en que Greta Garbo regaló una sonrisa en Ninotchka. En Una Vida Privada, esa lágrima desbordada —casi una patología del llanto sin emoción— opera como un síntoma alarmante dentro de la filmografía de una actriz caracterizada por el control absoluto del gesto y la contención afectiva de sus personajes.
La directora francesa Rebecca Zlotowski sabe extraer petróleo de la fisonomía de Foster: sus rasgos severos, adustos, esculpidos en una delgadez aguileña y vigilante. La intérprete transforma esta rigidez en la enfermedad moral de Lilian, una psiquiatra conmocionada por el repentino suicidio de una paciente tras nueve años de confidencias en el diván. Incapaz de descifrar las razones de la tragedia, Lilian queda aplastada por el peso de la culpa profesional.

Una doble búsqueda entre el thriller y el psicoanálisis
La película se articula en torno a dos pesquisas paralelas:
- La deriva paranoica: Tras cruzarse con una enigmática hipnotista, Lilian se sumerge en una investigación detectivesca convencida de que la muerte de Paula (una fugaz pero impecable Virginie Efira) no fue un suicidio, sino un asesinato. Esta vertiente, marcadamente hitchcockiana —con guiños directos a Recuerda (Spellbound)—, conecta también con el universo de Woody Allen (Misterioso asesinato en Manhattan, Otra mujer).
- El viaje interior: La intriga policial actúa como detonante para un terremoto íntimo. Lilian se enfrenta al deshielo paulatino de su carácter, a la comprensión de su desapego familiar y a una duda demoledora: ¿ha ejercido su profesión con el verdadero compromiso que se le exigía?
El gran acierto del filme: Servir como marco para una complicidad deliciosa entre Jodie Foster y Daniel Auteuil (como su exmarido e insigne oftalmólogo), revelando una faceta de la actriz estadounidense mucho más relajada, irracional e inédita para el gran público.

Luces y sombras de un ambicioso rompecabezas
Zlotowski, quien ya demostró una sensibilidad exquisita para los retratos femeninos en Los hijos de otros, tropieza aquí al intentar equilibrar dos almas opuestas. Por momentos, la vertiente más lúdica, absurda e improbable del relato no termina de empastar con su dimensión más existencial y profunda.

Este divorcio genera breves arritmias en el metraje y deja secuencias poco convincentes —como el estallido de Lilian contra su hijo en una cena familiar—, delatando que la cineasta parece moverse con mayor comodidad en los pantanos de lo pulp que en las disquisiciones puramente freudianas.

A pesar de sus altibajos, Una Vida Privada se consolida como una cita imprescindible en el catálogo de HBO Max, sostenida por la magnetizante presencia de una Jodie Foster dispuesta, al fin, a resquebrajar su propia coraza.