De las acciones humanas que se rechazan socialmente, pero a la vez se promueven, se encuentran los actos crueles hacia los animales no humanos. Esta contradicción entre rechazar y promover, aceptar o normalizar la crueldad animal tiene diversos orígenes, raíces e ideologías.
Por un lado, como bien lo señaló el antropólogo Claude Lévi-Strauss, nos parece urgente imprimir en el sentimiento de los infantes la solidaridad con los demás animales, “desde el nacimiento, o casi. Los rodeamos de simulacros de animales de plástico o de peluche, y los primeros libros de imágenes que colocamos ante sus ojos les muestran, mucho antes que ellos mismos los conozcan, el oso, el elefante, el caballo, el burro, el perro, el gato, el gallo, la gallina, el ratón, el conejo, etc., como si hubiera que darles, desde la más tierna edad, la nostalgia de una unidad que pronto sabrán pasada.”
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En efecto, estas acciones parecieran estar dirigidas a fomentar el respeto y amor hacia los animales, sin embargo, lo cierto es que la mentalidad industrializada moderna se empeña en normalizar la violencia hacia los animales.
Por otro lado, desde temprana edad los individuos humanos se topan con la muerte de animales no humanos. Tanto en expresiones gráficas -de cuerpos descuartizados de animales- de anuncios publicitarios en distintos medios de comunicación, como en su forma más real.
En mercados o supermercados es común que estén expuestos a la vista de todos, consumidores y no consumidores, los cuerpos inertes de peces o crustáceos, de pollos casi siempre decapitados, y una variedad de partes de los cuerpos de vacas, cerdos, pollos, pavos, etc.

Incluso casi todos aprendemos a comer estos cuerpos descuartizados sin tener la mínima conciencia de que es un animal muerto, es decir realizamos la acción de manera inconsciente y forzada por toda una estructura social que normaliza la violencia hacia los animales no humanos, ideológicamente nombrados “de consumo humano”.
Nunca se nos dice que lo que comemos fue un animal que ha sido sometido a una serie de prácticas que se encuentran en los confines de la crueldad animal (ya sea en el proceso de producción, trasporte o matanza, o en todos).
Así, esta ideología incisiva, masiva y sistemática, promueve y “justifica” la indiferencia del daño innecesario ocasionado a esos animales.
Una ideología trastornada que nos enseñan a amar, sentir empatía o ternura por juguetes, peluches o dibujos que representan animales, sin embargo, esta es una mera representación abstracta, mientras se nos arraiga, a la hora de comer, la creencia absurda que justifica lastimar innecesariamente a animales reales.
Bajo esta ideología surge con orgullo el emblema del rechazo de la crueldad animal y al mismo tiempo se acepta sin chistar, la matanza de millones de animales para el consumo humano.
Desde un pensamiento crítico y lógico surge la cuestión: ¿Qué necesidad hay de oscurecer o negar hechos crueles -como los que sufren comúnmente los animales en las granjas industriales- con afirmaciones sociales como “estamos en contra de la crueldad animal” cuando se contradice con los hechos reales?
Ojalá llegue el día que dejemos de suavizar y abstraer la crueldad animal para efectivamente rechazar todas sus expresiones independientemente del animal que la padezca.

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