Mucho antes de que Bram Stoker diera vida al conde transilvano, el monstruo ya vestía de seda y frecuentaba los salones de la alta sociedad. La imagen del vampiro aristocrático, seductor y letal no nació en los Cárpatos, sino en la mente atormentada de John William Polidori, un médico inglés que transformó su humillación personal en un mito eterno.

Aquella noche de verano en Villa Diodati
Junio de 1816 pasó a la historia como “el año sin verano”. En Ginebra, frente a la imponente Villa Diodati, las tormentas eléctricas obligaron a un grupo de jóvenes brillantes a refugiarse tras los muros de la mansión. Allí, un ya legendario Lord Byron lanzó un desafío que cambiaría la literatura universal: cada uno debía escribir el relato más aterrador que fuera capaz de imaginar.
En aquella reunión se encontraban figuras que hoy son pilares del romanticismo: Percy Shelley, una joven Mary Wollstonecraft (futura Mary Shelley) y el propio Polidori, médico personal de Byron. Mientras Mary concebía la semilla de Frankenstein, Polidori rescataba un esbozo abandonado por su patrón para dar vida a Lord Ruthven, el primer vampiro moderno.

El “Pobre Polidori”: Entre la admiración y el desprecio
La relación entre el médico y el poeta era una mezcla tóxica de dependencia y crueldad. Byron, conocido por su carácter voluble, despreciaba las ambiciones literarias de Polidori, a quien humillaba públicamente llamándolo “Polly Dolly” o, simplemente, “el pobre Polidori”.
No es casualidad que Lord Ruthven sea un reflejo distorsionado de Byron: un aristócrata frío, distinguido, cínico y depredador de almas. Polidori no solo inventó un monstruo; escribió una venganza literaria contra el hombre que lo eclipsaba.
El éxito ajeno y el final trágico
Cuando El vampiro se publicó en 1819, el destino le jugó a Polidori su última broma pesada: por intereses comerciales, la obra fue atribuida erróneamente a Lord Byron. El poeta no tardó en negar la autoría y despreciar el relato, dejando a Polidori hundido en el anonimato y la frustración.
El 24 de agosto de 1821, sumido en deudas y depresión, John Polidori decidió poner fin a su vida a los 25 años. Ingirió ácido prúsico (cianuro), un veneno cuya historia guarda una ironía poética: fue derivado de un descubrimiento del alquimista Konrad Dippel, el hombre que sirvió de inspiración real para el Doctor Frankenstein.
Legado inmortal: Aunque Polidori murió en la penumbra, su creación sobrevivió para infectar la imaginación de Stoker y de cada autor que, hasta hoy, ve en el vampiro a un seductor peligroso y no a un cadáver andante.

