mar. Jun 23rd, 2026
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«Si tienen dudas, le preguntan a Vish»

​Ese era yo. Me bastaba cruzar el umbral del recuerdo para verme en el quinto o sexto año de primaria, justo en las horas dedicadas a la Historia y al Español. No era, ni de cerca, un niño genio. Mi verdadera ventaja no radicaba en la genética, sino en la geografía de mi infancia: haber crecido habitando un mundo de adultos. Pasar gran parte del día en la tienda de abarrotes de mis padres me convirtió en un observador silencioso. Mientras el día transcurría entre el ir y venir de los clientes, de fondo resonaban las noticias en los transistores de la W Guadalajara o Radio Metrópoli. Mis mañanas olían a café y a la tinta fresca de El Informador y El Occidental, diarios que devoraba con la curiosidad de quien busca descifrar un código secreto. Todo ese universo de voces e impresos esculpió en mí una perspectiva distinta, un tanto disonante con el promedio de mi edad.

​Al llegar a la secundaria, el idilio con el pasado se profundizó. Mi fascinación por la historia era evidente; tanto así, que el profesor solía proveerme de lecturas adicionales y, en más de una ocasión, sentenció ante el grupo como una ley inquebrantable: «Si hay dudas, le preguntan a Víctor Vish».

​Sin embargo, el verdadero cisma ocurrió en la clase de Literatura. Allí las cosas no fueron sencillas. El profesor y yo habitábamos las antípodas del pensamiento: yo había llegado a las aulas con las páginas de Friedrich Nietzsche bajo el brazo, y él militaba con fervor en el Opus Dei —un detalle del que me percataría con total claridad años más tarde—. El choque ideológico era inevitable. Mi primer acto de rebeldía fue negarme rotundamente a leer los manuales de superación personal en boga de Carlos Cuauhtémoc Sánchez y La Búsqueda de Alfonso Lara Castilla. Ante mi resistencia, el profesor, visiblemente contrariado, me lanzó un ultimátum: debía entregar un ensayo literario riguroso, libre en tema y autor, pero impecable en su ejecución.

​Dos semanas después, deposité el trabajo sobre su escritorio. La reacción no fue el debate, sino la indignación. El maestro, encendido en cólera, citó a mis padres con urgencia. Recuerdo la confusión de ellos en la dirección; no lograban comprender el motivo de la censura si yo había cumplido cabalmente con la tarea. El veredicto del docente fue tajante: quedaba expulsado de su clase. Mi delito había sido analizar, con la audacia de la adolescencia, El Anticristo.

​Fue entonces cuando el destino —o la complicidad de los verdaderos maestros— intervino. El director de la escuela detuvo la sanción y diseñó una solución idílica: él mismo, junto a la encargada de la biblioteca, asumirían mi educación literaria.

​Así fue como los lunes, miércoles y jueves se transformaron en un ritual sagrado. Nos reuníamos los tres, sentados al centro de un aula inmensa, rodeados de anaqueles altos y libros empolvados que custodiaban el saber del mundo. La dinámica era hermosa en su sencillez: leer y, al final de cada capítulo, desatar el debate. En ese par de años, mientras cursaba los primeros grados de secundaria, las paredes de esa biblioteca atestiguaron mi encuentro con el laberinto de Jorge Luis Borges, el bestiario de Juan José Arreola y la lucidez de Octavio Paz. Pero, sobre todo, fue en ese exilio dorado donde me convertí, para siempre, en un habitante devoto del llano en llamas de Juan Rulfo.

​Aquel castigo no fue un destierro; fue la llave que abrió las puertas de mi propia libertad.


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Por Vish Fernandez

Columnista en portal de noticias de Guadalajara y CDMX. Gestor cultural, ganador de reconocimientos locales, nacionales e internacionales y promotor de la lectura.

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