Ni aristócrata ni político: un campesino siberiano, apenas alfabetizado, se convirtió en el arquitecto involuntario del colapso de los Románov. Antony Beevor disecciona en su último libro el poder de la leyenda sobre la realidad.

“Era un hombre único”, escribió sobre él Nadezhda Lojvítskaya, la célebre Teffi. “Sin igual, como un personaje de novela: vivió una vida de leyenda, tuvo una muerte de leyenda y su recuerdo está envuelto en la leyenda”. Pocas voces tenían la autoridad de Teffi, una cronista cuya pluma seducía por igual al zar Nicolás II y a Vladímir Lenin. Y aunque Grigori Rasputín intentó, como con tantas otras, sumarla a su lista de conquistas, se encontró en ella con la horma de su zapato.
La figura de este “monje loco” me ha perseguido desde mucho antes de investigar para mi libro Rusia: Revolución y guerra civil. La pregunta es inevitable: ¿cómo diablos un campesino de Siberia pudo provocar un efecto tan devastador en el curso de la historia? No ostentaba cargo oficial. No comandaba ejércitos. Era, paradójicamente, un monárquico devoto. Y, sin embargo, contribuyó más que ningún revolucionario al hundimiento de la mayor autocracia del mundo.
La bala que atravesó una dinastía
El poeta Aleksandr Blok, quien investigó el asunto tras la Revolución de 1917, dejó una sentencia lapidaria: el carácter único de aquel muzhik (campesino) libidinoso, asesinado en una fiesta con gramófonos en el palacio de Yusúpov, se debió a que “la bala que lo mató impactó en el corazón mismo de la dinastía reinante”.

La imagen es poderosa, pero quizá demasiado simple. Las heridas del régimen ya eran mortales antes de aquel disparo. El cuerpo de oficiales del Imperio estaba corroído por el desánimo; no tanto por la realidad de la guerra, sino por los rumores —falsos en su mayoría— sobre el libertinaje de Rasputín con la emperatriz y sus hijas. En 1917, cuando estalló la Revolución de Febrero, apenas se alzó una espada para defender al zar. La percepción había devorado a la institución.
Fake news en el siglo XX
La importancia de Rasputín ofrece una bofetada a la teoría histórica de los “grandes hombres”. Aquí no fue el genio político lo que movió los hilos, sino la fuerza de la infamia. Los mitos que rodeaban al monje fueron las fake news de su tiempo. El propio Rasputín, con su jactancia desmedida, fue cómplice de su propia caricatura.
Este fenómeno pone de manifiesto algo que los historiadores solemos obviar: los rumores y las teorías de la conspiración pueden producir efectos más tangibles que la propia realidad. Rasputín habitaba esa “tierra de nadie” entre el hecho y la fantasía, un territorio que hoy, curiosamente, nos resulta más familiar que nunca.

El sueño que anticipó la tragedia
Existe un hilo invisible que une la mística rusa con el destino trágico. En 1868, la emperatriz viuda, embarazada de Nicolás II, sufrió una pesadilla recurrente: le aterrorizaba que su hijo fuera asesinado por un campesino ruso. Vivió bajo el peso de esa profecía durante décadas. Por eso, cuando supo que su hijo y su nuera estaban fascinados por un tal Rasputín, el horror la paralizó. Ella lideró, desde el seno familiar, la resistencia contra el siberiano.
Incluso existe un polémico “Diario de Rasputín” en los archivos estatales rusos que narra este sueño con tintes dramáticos. Aunque los expertos lo consideran falso, el relato respira una veracidad psicológica asombrosa. La historia era un secreto a voces en la corte. Mi propia vecina en el campo inglés, la princesa Olga Romanoff, escuchó de su padre el relato de este sueño premonitorio; un padre que, por azares del destino, era hermano de la gran duquesa Irina, esposa de Yusúpov, el hombre que apretó el gatillo contra el monje.

Un desafío a la lógica
Como dijo el poeta Fiódor Tiútchev, a Rusia no se la puede entender solo con la razón. A Rasputín tampoco. El hombre era un nudo de contradicciones:
- Inocencia espiritual frente a lascivia extrema.
- Fe intensa conviviendo con un oportunismo cínico.
- Altruismo innato manchado por la codicia.
Se convenció a sí mismo de que amaba genuinamente a las mujeres, mientras en la sombra las violentaba. Su ascenso fue tan improbable que cautivó al mundo, desde la estepa hasta las rotativas extranjeras. Hoy, su vida y su muerte siguen siendo un desafío a la lógica convencional, el recordatorio de que, a veces, la historia no la escriben los estadistas, sino los fantasmas que una nación decide creer.
Antony Beevor (Londres, 1946) es uno de los historiadores militares más prestigiosos del mundo. Este extracto es un adelanto de su nuevo libro, Rasputín y la caída de los Románov (Editorial Crítica), que llega a las librerías este 13 de mayo.
