La génesis de una de las amistades más brillantes de las letras hispánicas no ocurrió frente a frente, sino a través del papel. Carlos Fuentes descubrió a Gabriel García Márquez por mediación de Álvaro Mutis, quien lo instigó a leer aquellos primeros relatos que, a la postre, serían los cimientos de Cien años de soledad. Aquel hallazgo literario fue el prólogo de una relación marcada por la admiración profunda y un misticismo compartido.

Según relata Silvia Lemus, viuda del autor mexicano, Fuentes siempre vio en el colombiano a un “personaje colosal de la literatura”. Eran, en esencia, un binomio de mentes brillantes unidas por una cosmovisión política e intelectual que los definió como los arquitectos del boom latinoamericano.
El pudor de los genios
Pese a la devoción que sentían por la obra del otro, el elogio directo era un territorio prohibido por la timidez. Lemus recuerda con nitidez la discreción que los gobernaba:
”Se admiraban muchísimo, pero ambos tenían un gran pudor. Gabo me confesó una vez: ‘Acabo de leer Aura… qué gran escritor es tu marido’. Esas cosas me las decía a mí, pero entre ellos jamás se intercambiaban ese tipo de galanterías”.
Personajes compartidos y bromas privadas
Su complicidad trascendía la lectura; incluso llegaban a “prestarse” a sus criaturas literarias. No era raro encontrar ecos de Aureliano Buendía en la narrativa de Fuentes, o ver la sombra de Artemio Cruz cruzando alguna página de García Márquez. Era un juego de espejos donde la ficción de uno alimentaba la del otro.

Más allá de los libros, los unía el sentido del humor y la política. “Los dos eran muy bromistas y receptores de sus propias mofas”, afirma Lemus. Sin embargo, el núcleo de su amistad permaneció siempre blindado. Se reían de complicidades cuyos secretos nunca revelaron, manteniendo una zona de sombra que ni siquiera sus círculos más íntimos lograron franquear.

”Fueron muy discretos”, concluye Lemus, mientras rescata del olvido los fragmentos de una unión que cambió el rumbo de la literatura universal.
